Viajar corriendo
Gracias al running he conocido lugares muy distintos. Entre mis salidas más especiales están Lhasa, a 3650 metros —que se dice pronto; ¡cómo costaba respirar!—, París junto a esa torre que todos conocemos, la costa de Marruecos y el Marrakech medieval, la sierra de Guadarrama, Stone Town en Zanzíbar, Bujará, Astaná y las laderas del Kilimanjaro.
Vaya donde vaya, intento dejar un recorrido guardado en Nike Run Club.
Como me gusta madrugar, salgo a explorar y, cuando llega el desayuno, ya he visto algo del lugar.
Empecé a correr, en buena parte, para viajar mejor. No es mi único motivo, pero fue uno de los primeros y sigue siendo importante.
Viajar es una de mis pasiones. Al elegir hotel miro dónde está y a qué sitios puedo llegar corriendo. Forma parte del plan. Incluso si no puedo escoger alojamiento, estudio el mapa y busco qué merece la pena descubrir a pie. Luego intento hacerlo.
El turista que no corre tiene un radio de acción más pequeño. Se mueve despacio, carga con demasiadas cosas y llega a menos lugares. Entre el punto A y el B, el paisaje tarda tanto en cambiar que a veces acaba aburriéndose.
Para cualquier viaje con una noche fuera, yo metería tres cosas: zapatillas, documentación y dinero. Lo demás se puede comprar al llegar.
La resistencia de nuestros antepasados
Me gusta pensar en algo que todos llevamos de serie: el ser humano tiene un potencial extraordinario para la resistencia. Un guepardo nos deja atrás en velocidad, pero no puede mantener ese esfuerzo durante horas. Tú y yo también tenemos una capacidad de fondo que merece la pena explorar.
Nuestros antepasados cazadores podían perseguir a una presa durante mucho tiempo. Si estaba herida, insistían hasta agotarla. La perseverancia y la resistencia formaban parte de sus herramientas más antiguas.
Nuestra forma de movernos sobre dos piernas, la capacidad de refrigerarnos mediante el sudor y el sistema respiratorio hacen posible recorrer distancias largas. La naturaleza nos ha dado un cuerpo con el que correr no debería resultar una actividad extraña.
Pero tener potencial no significa tenerlo entrenado. Para conseguir buenos resultados hay que trabajar. Si dejamos de movernos, perdemos capacidades; también podemos recuperarlas.
Me impresionó mucho la parte de Sapiens, de Yuval Noah Harari, dedicada a la vida anterior a la agricultura y a la producción de alimentos. El autor le tiene un cariño especial a aquella época y me contagió algo de él.
Harari describe a personas que, en ciertos aspectos, sabían muchísimo más de su entorno que nosotros. Llevaban en la cabeza mapas detallados de enormes territorios de caza, reconocían plantas y hongos, conocían las costumbres de los animales y sabían improvisar. Distinguían sonidos y olores que a mí se me escaparían. Esa imagen de una mente llena de conocimientos prácticos me fascinó. Estaban integrados en el paisaje y sabían vivir en él durante todo el año. Su alimentación incluía muchos animales y plantas. ¿Cuántas plantas comestibles encontraríamos tú o yo en el bosque con lo que recordamos del colegio? Ellos sí sabían.
También podían llegar a edades avanzadas si superaban la infancia y no morían en un accidente o una cacería. Me atrae imaginar aquel equilibrio físico: velocidad, flexibilidad, agilidad, fuerza y resistencia. Una comunidad de personas fuertes y despiertas. La selección natural había favorecido esas capacidades y nosotros llevamos parte de su herencia.
Durante cientos de miles de años vivimos así. El cuerpo se formó en ese mundo. La domesticación, la agricultura, la industria y nuestra vida actual llegaron mucho más deprisa. Algunas habilidades, como afinar el olfato, dejaron de ser tan necesarias. El cómo y el porqué dan para otro libro. Para eso está Harari. Volvamos a correr.
Ese ideal imaginado del pasado me gusta: alguien rápido, flexible, fuerte y resistente. ¡Yo también quiero ser así! Cuando corro, practico yoga o levanto pesas, siento que me acerco un poco a la variedad de esfuerzos que conocían nuestros antepasados. Se movían mucho, se cansaban y luego comían con apetito. Estupendo. Me apunto.
Además, correr amplía el territorio que conozco alrededor de casa. Descubro senderos, pasos y desniveles que antes ignoraba. Sé dónde la calle sube sin que apenas se note, dónde se forman charcos, qué arbustos huelen bien o dónde madura la fruta. Mi mapa mental se vuelve más grande y preciso. Me siento más unido al lugar donde vivo.
El perfil del recorrido
Lo más cómodo es un trazado llano, con pocas curvas y sin pendientes. Puedes mantener el ritmo y concentrarte en ti. Una pista de atletismo ofrece justamente ese entorno tan poco parecido al mundo real.
Pero un maratón o una media por una ciudad pueden tener un perfil bastante más entretenido. Y traer sensaciones nuevas.
Subir cuesta trabajo. El corazón se acelera y los músculos se cansan enseguida. Si no lo has entrenado, baja la velocidad y aparece un pequeño ataque de pánico.
Un amigo entrenaba casi siempre en Madrid Río, junto al Manzanares, por tramos bastante suaves. Sumaba kilómetros, pero las cuestas del maratón de Madrid lo pillaron desprevenido. Su resultado lo decepcionó mucho. Madrid tiene desnivel, y después de muchos kilómetros cada repecho pesa. A un corredor de montaña quizá le dé la risa; para quienes nos acostumbramos al llano, es una prueba seria. Yo tenía esas mismas cuestas esperándome. Éramos pocos y parió la abuela. Solo me faltaba que Madrid también se pusiera cuesta arriba. La lección de mi amigo estaba clara: hay que preparar la carrera que vas a correr.
Así entendí que no debía encerrarme en una o dos rutas cómodas. Empecé a mirar el desnivel acumulado y a buscar terrenos distintos. Para eso entrenamos: para adquirir habilidades diferentes.
En una subida acorto el paso e intento aumentar la cadencia. Las piernas se mueven más deprisa, aunque avanzar cueste. La cuesta está ahí para todos. Si yo la he trabajado y otro no, quizá sea mi oportunidad de adelantar.
Bajando, en cambio, puedo soltarme. Me encanta notar que la gravedad trabaja a mi favor y que cada paso me lleva más lejos. Parece una pequeña trampa legal. Disfruto de esa velocidad, siempre pendiente de no acabar en el suelo.
Las zapatillas
Ah, las zapatillas. Darían para otro libro. Son parte de la cultura popular: el calzado más cómodo que llevamos décadas intentando perfeccionar. Mucha gente se expresa con ellas. Hay modelos para todos los gustos.
Solo una parte está pensada para correr, y dentro de ese mundo también hay modas. Equipos de ingenieros, diseñadores y especialistas en movimiento prueban materiales y estructuras buscando la zapatilla ideal. Los modelos más avanzados cambian cada año. Con tanta variedad, uno espera encontrar algo que encaje con su anatomía y su entrenamiento.
Para muchos corredores, elegirlas es casi un fetiche. Le ponemos pasión porque unas zapatillas adecuadas pueden ayudarnos a correr cómodos, evitar problemas y mejorar las marcas.
En los grandes campeonatos y los Juegos Olímpicos hay hasta una competición extraoficial entre marcas: ¿qué zapatillas han ganado más medallas? Hay líderes y aspirantes. Apetece mirar qué llevan nuestros atletas favoritos. Un universo entero a ras de suelo.
Que cada uno elija la marca que le guste. Mi clasificación mínima por usos es esta.
Las de diario. Mis caballos de batalla: las que se llevan la mayoría de los kilómetros y se gastan antes. Busco algo sencillo, fiable y estable sobre asfalto, grava y superficies variadas.
Las compactas, para el gimnasio y los viajes. Tengo unas ligeras que caben casi en cualquier bolsa. No les pido grandes hazañas: quiero poder llevarlas incluso cuando voy justo de espacio. Claro que podría usar las de diario en la cinta, pero me gusta tener este par disponible para escapadas y ocasiones especiales.
Las de invierno, para las salidas frías y la nieve de la sierra. Aquí pesan más la protección y el agarre que la velocidad. Pueden ser más pesadas, pero me permiten mantener la rutina cuando el terreno se complica. Busco una suela con buen dibujo y no confundo eso con ser inmune al hielo.
Las impermeables, para lluvia y algunos recorridos por caminos. Me interesa una capa que frene el agua y una suela con tacos capaz de defenderse sobre tierra y barro.
Las mejores, reservadas para competir y para las pruebas importantes. Pueden costar más, pero busco ligereza y eficiencia.
Ahí entran las zapatillas con placa de carbono. Esa placa y la espuma forman un conjunto pensado para correr deprisa. Sus prestaciones no duran para siempre; prefiero guardar sus mejores kilómetros para cuando cuentan.
Cuando compré mi primer par, el vendedor me habló de unos 200 km de rendimiento óptimo. Las probé en una salida de diez y después las reservé para las citas importantes. Cada vez que las sacaba, llegaba otra marca personal.
Así, sin darme cuenta, me sale una colección de unas cinco parejas para cubrir mis necesidades. De ahí en adelante ya entran los gustos y las prioridades.
Con la talla no quiero jugar: nada que apriete. Suelo buscar algo más de espacio que en el calzado de calle, aproximadamente media talla. Un error aquí puede acabar en uñas machacadas y otros problemas.
El material, primera parte
Para correr hace falta muy poco. Unas zapatillas, una camiseta y un pantalón cualquiera. Ese sería el mínimo. ¿Y el máximo? Me temo que no existe. Siempre aparece otro invento.
Hasta las zapatillas tienen accesorios. Por ejemplo, taloneras de material blando que se colocan bajo la plantilla para añadir amortiguación. Las puse en mis zapatillas de diario, con espuma React, y me acostumbré tanto que olvidé que estaban ahí. Después de lavar las zapatillas no volví a colocarlas. La siguiente salida se notó bastante más dura. A lo bueno se acostumbra uno enseguida. También existen separadores para los dedos, pensados para reducir el roce.
Se puede correr con calcetines normales, pero los específicos tienen sus detalles: compresión, zonas acolchadas, tejidos que evacuan la humedad y refuerzos contra las ampollas. Los hay con membrana, con sujeción alrededor del tobillo o del tendón de Aquiles, con talones reforzados y protección en los dedos. Cortitos para verano o gimnasio, hasta la rodilla con compresión, gruesos para el frío. Otro pequeño catálogo infinito.
Por encima están las pantorrilleras de compresión. Se ajustan con firmeza alrededor de la pierna y dan una sensación de soporte parecida a una venda. Me las presentaron como una ayuda para la circulación, la recuperación y la reducción de la fatiga, la hinchazón y los calambres. A mí me resultaron muy cómodas. Lo importante fue acertar con la talla. Y descubrí otra cosa: si las compras al empezar, pueden quedarse pequeñas cuando crecen los gemelos. Se llevan bajo el pantalón o con pantalón corto.
Una vez tuve una pequeña lesión en la pierna izquierda y me pareció que solo podía seguir corriendo con la pantorrillera. Me la ponía únicamente en ese lado. Me recomendaron no crear esa diferencia de compresión entre ambas piernas. No me puse a discutirlo ni a experimentar más: desde entonces las uso por parejas.
Al principio me daba vergüenza ponerme mallas. Pensaba que tendría una pinta rarísima. Después me acostumbré y ahora son mi prenda favorita. Van muy ajustadas, a veces incluso con compresión, pero son elásticas y cómodas tanto para correr como para estirar. Pueden ser la primera capa o la única. Tengo largas para primavera y otoño, y otras de tres cuartos, por debajo de la rodilla, que dejan los gemelos libres.
Ese ligero ajuste sobre los muslos me ayuda a notar el movimiento. Suelen llevar bolsillos pequeños con cierre para las llaves, una tarjeta o alguna otra cosa. Muchas veces el bolsillo está detrás, en el centro de la cintura. Al principio sorprende; corriendo tiene todo el sentido. No molesta ni roza.
Algunas mallas llevan cremalleras en los tobillos: facilitan ponerse la prenda, ventilar o ajustarla sobre calcetines altos. También las hay con un interior cálido para el invierno.
El cinturón de running es otro gran invento. Móvil, llaves, geles. Cuanto más pequeño, mejor; una bolsa grande rebota y estorba. Al principio es tentador llevar el teléfono en la mano para cambiar la música, mirar los datos o pausar. Pero altera el braceo y añade una preocupación. Prefiero acostumbrarme a guardarlo.
Los pantalones cortos de running no son iguales que los de boxeo o los bañadores. El detalle principal está en las costuras y en evitar el roce. Me gustan los de doble capa, con una malla interior. También busco ropa interior con costuras finas. En una tirada larga, cualquier tontería se convierte en un problema.
Un pequeño truco mío: llevo una tarjeta de visita en el bolsillo o en el cinturón. Salgo sin documentación, como casi todo el mundo. Si me ocurre algo o sufro un accidente, quiero que puedan identificarme y encontrar a quién llamar. ¡Con camiseta y zapatillas nos parecemos todos!
El material, segunda parte
Las bragas de cuello son tubos de tela ligeros que sirven para casi todo. Las Buff son las más conocidas. Hay versiones cálidas, finas, de microfibra, para refrescarse, lisas y estampadas, con montañas o ciudades. Como me gustaría hacer el Camino de Santiago, compré un par con el recorrido hacia Compostela. Las uso para abrigar el cuello, cubrirme con frío o proteger la cabeza del sol y la lluvia. Y no solo corriendo.
Luego vienen las gafas de sol, las viseras, las chaquetas ligerísimas y transpirables para la lluvia, que apenas ocupan en una maleta, y toda la familia de sudaderas y prendas de abrigo.
De las camisetas hablaré más adelante. Aquí me detengo en las de manga larga. Algunas incorporan zonas de compresión, pero lo que busco sobre todo es que transpiren y evacuen el sudor. Curiosamente, mis favoritas no son de running: son prendas ajustadas de artes marciales. No me rozan y me van muy bien en primavera y otoño.
La gente de montaña sabe que aguantar el frío tiene mucho que ver con vestirse bien. A veces miro por la ventana y pienso que es imposible salir. Entonces recuerdo que existen chalecos y chaquetas de abrigo ligeras para correr. Algunas tienen tan buena pinta que casi apetece estrenarlas por presumir un poco.
A mí me gusta llevar un gorro deportivo ligero que cubra las orejas. Me resulta cómodo, sujeta los auriculares y me evita pensar en el pelo. Me he acostumbrado tanto que a veces lo llevo incluso cuando hace calor.
Los dedos suelen enfriarse antes que otras partes del cuerpo. Con el frío, el organismo reduce el riego de las extremidades para conservar calor. Por eso agradezco los guantes. En entretiempo uso algunos sin dedos, incluso de los que tenía para entrenar fuerza. Cuando aprieta el invierno, paso a los completos.
Voy combinando capas según el día. Mallas y manga larga pegadas al cuerpo; encima, pantalón corto y camiseta si necesito algo más. Una sudadera o un chaleco pueden formar la tercera capa. Mi referencia es salir de casa sintiendo un poquito de fresco.
Cuando empiezo a moverme y entro en calor, ese fresco desaparece. Si salgo demasiado abrigado, enseguida estoy sudando de más y termino incómodo, sobre todo al detenerme.
En cuanto al color, cuanto más vivo, mejor. No es una cuestión de moda. Quiero que me vean conductores y ciclistas, en ciudad o por un camino, especialmente a oscuras. Naranja, rosa, verde fosforito. Mis colores de seguridad.
La lista podría continuar, pero ya hay bastante material. En casa he reservado una balda para camisetas, mallas, calcetines y todo lo demás. Curiosamente, es la ropa que más veces visita la lavadora.
Rutas nuevas cerca de casa
Repetir siempre el mismo recorrido acaba cansando. Una pista ofrece buen firme, nada de desnivel y la posibilidad de irte cuando quieras. Estupendo. Pero si eres curioso, tarde o temprano te aburres.
Empiezas cambiando una esquina, luego alargas un poco y al final tejes una red de caminos alrededor de casa. Descubres calles, patios, pequeños parques, puentes y pasos que no conocías. Correr cambia la mirada sobre tu propia ciudad.
Pronto encontré recorridos con los que calcular bastante bien cuánto iba a estar fuera y qué distancia haría. ¡Y cuántas cosas aparecieron! Un patio escondido, un pequeño conjunto de talleres, fachadas que nunca había mirado, una calle a dos pasos de casa por la que jamás había entrado. El territorio de siempre se volvía nuevo.
Si tienes un parque cerca, quizá solo conozcas sus paseos principales. Corriendo por él, sobre todo si es grande, descubres senderos, vistas, entradas y salidas inesperadas. También pájaros y animales que antes pasaban inadvertidos.
Y aparecen nuevos ángulos de edificios y paisajes que creías conocer de sobra.
Es sencillo: corriendo, el entorno cambia más deprisa. En el mismo tiempo ves más árboles, casas, palomas, ardillas, flores y caminos que en un paseo corto. Acumulas hallazgos.
Cuanto más corres, más cosas te llevas a casa.
Un parque, cuatro estaciones
Durante una época viví cerca de la Casa de Campo y empecé a correr mucho por allí. Me construí un circuito que arrancaba con una bajada larga y suave, seguía por caminos de tierra entre árboles y enlazaba con un paseo más ancho. Después me acercaba a la zona del lago, cambiaba de dirección y buscaba senderos con pequeños repechos para volver. Entre unas cosas y otras salían unos seis kilómetros. Durante bastante tiempo, mis salidas fueron eso: una vuelta a mi pequeño mundo.
Desde casa veía cómo cambiaba la arboleda a lo largo del año. Pero recorrerla por dentro era otra cosa. Al empezar a correr entraba allí mucho más a menudo y observaba los cambios desde el suelo, paso a paso.
Comencé en verano, con los caminos secos y la sombra llena de vida. Luego amarillearon las hojas y, mientras mis distancias crecían, yo seguía aquella transformación lenta. Correr entre hojas caídas y observar las aves junto al agua tenía algo romántico. Una mañana de invierno, sin embargo, una zona húmeda de la bajada amaneció helada. Tras deslizarme veinte o treinta metros decidí no tentar a la suerte. Aquello me hizo mirar de otra manera el calzado de invierno. Mis primeras Nike Lunarglide Flash impermeables me parecieron una revolución: me daban una sensación de agarre que entonces casi confundía con correr sobre asfalto seco.
En las salidas invernales por la sierra, la nieve cambiaba todavía más los caminos y limitaba las rutas. No siempre podía cerrar el circuito previsto. A cambio, el bosque estaba limpio y precioso, con las ramas cargadas de blanco y mis zapatillas de colores destacando debajo. Sumaba kilómetros pensando que me habría perdido todo aquello sin la costumbre de correr.
Después llegaba la primavera: esquivar charcos, ver las primeras flores y hojas, encontrar un abejorro o una mariposa. Se lo contaba a mis hijos y me sentía su primer mensajero de la estación.
Decimos que queremos estar cerca de la naturaleza, pero cruzamos la ciudad demasiado deprisa en coche o caminamos tan poco hasta la parada que no vemos los detalles. Correr por parques, junto al río y por barrios alejados de casa ensancha el mundo.
Si sales cada día, cada día deja un recuerdo. Y una línea en el historial de entrenamientos.
Otra forma de ver los lugares
Cuanto más corres, más descubres. Una de las grandes ventajas es poder acercarte a lugares famosos desde un ángulo inesperado.
Muchos maratones urbanos se diseñan para enseñar la ciudad. Veintiuno o cuarenta y dos kilómetros dan para recorrer el centro y sus zonas más representativas. Londres, Berlín, Madrid, Barcelona: ver tanto en un solo día, desde dentro de la carrera, es una experiencia difícil de olvidar.
También puedes inventar tu propia visita. A veces resulta tan cinematográfica que parece que has entrado en una película y todo a tu alrededor es un decorado increíblemente real.
Hace unos años viajé al Tíbet para hacer la kora alrededor del monte Kailash. Nuestro pequeño grupo voló a Lhasa pasando por Cantón y desde allí seguiría en autobús hacia el norte. Pero Lhasa ya era un destino fascinante por sí mismo. Había leído mucho sobre aquella ciudad antigua y soñaba con ver el palacio de Potala, la residencia de los daláis lamas, cuya imagen asociaba a Siete años en el Tíbet, con Brad Pitt.
Lhasa está a unos 3650 metros sobre el nivel del mar. Si llegas del llano, respirar puede costar. A mí la altura me golpeó casi desde que bajé del avión. Me zumbaba la cabeza y unos pocos pasos bastaban para cansarme. Tenía que recuperar el aliento. Al principio me movía despacio, como dentro del agua, con una sensación parecida a la embriaguez.
El cuerpo necesita tiempo para adaptarse. Yo notaba la debilidad y observaba, a mi alrededor, niños, mayores y comerciantes haciendo vida normal. Aquello me tranquilizaba: se podía vivir allí. Solo tenía que darle tiempo al organismo para acostumbrarse a otra realidad.
La primera noche me dolió la cabeza. Dormir costaba, los sonidos de la calle parecían extraños y los sueños eran inquietos. Me faltaba el aire. Aun así, estar en un lugar tan misterioso me tenía emocionado.
A las seis de la mañana me puse las zapatillas, miré el mapa y salí al encuentro del Potala. La ciudad seguía dormida y apenas había coches. Corría por una calle antigua imaginando caravanas de yaks. Los colores me parecían mucho más intensos que al nivel del mar. El amarillo, amarillísimo. El azul, de otro mundo.
Tuve que parar muchas veces y caminar. Me faltaba muchísimo el aire. Vi a un policía aburrido y a los primeros trabajadores apresurados. También descubrí grupos que escuchaban música alrededor de altavoces grandes, gente sentada en bancos y muchísimas personas enviando mensajes de voz con el móvil.
No tuve que perderme por un laberinto de callejuelas. La avenida principal me llevó hasta el palacio, iluminado por el sol naciente. Era increíble. ¿Cómo habían construido algo así, a esa altura y en un paisaje tan austero? Me quedé ante la entrada, entre gente que iba deprisa a sus asuntos, y fui completamente feliz. Una escena de película. Pero estaba dentro.
Al volver vi a niños diminutos con el mismo uniforme reuniéndose delante de una escuela. Sus padres los acompañaban, les daban un beso y les entregaban el desayuno. Una escena preciosa.
Hice apenas cinco o seis kilómetros y regresé al hotel antes de desayunar. Ya había visto el Potala con aquella luz, a los comerciantes, a la policía y un montón de escenas cotidianas. Mis compañeros aún se estaban lavando los dientes en sus habitaciones. Me sentía explorador, la avanzadilla del grupo. ¿Solo correr? Sí. Y también una manera de saborear la vida que no habría encontrado de otro modo.
Ese mismo día visitamos el Potala con un guía, entramos y subimos a sus terrazas. Fue magnífico. Pero, sin aquella primera imagen al amanecer, me habría faltado algo. Y esa imagen solo la tenía yo.