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Noviembre

El muro del maratón, los tropiezos, la alimentación y las ganas de convertir a todo el mundo.

8 min · 1.433 palabras

El muro

Corriendo gastamos la energía que hemos ido almacenando entre entrenamientos y descansos. El cuerpo utiliza sobre todo hidratos de carbono y grasas, pero no obtiene energía de ambos a la misma velocidad. Los hidratos permiten responder más deprisa; las grasas requieren otro ritmo de utilización. Cuanto más intenso es el esfuerzo, más dependemos de los primeros.

El glucógeno se almacena principalmente en los músculos y el hígado. En mis lecturas encontré estimaciones de reservas energéticas de unas 3000 o 3500 kilocalorías y referencias al agotamiento hacia los kilómetros treinta o treinta y cinco. Lo que de verdad me importó fue entender la idea: cuando las reservas disponibles empiezan a escasear, sostener el ritmo se vuelve muy difícil. El temido muro. O, como decimos los corredores, el tío del mazo. No pide cita: aparece y te deja las piernas para el arrastre. El cuerpo necesita reducir la demanda y apoyarse más en otras fuentes de energía, que no responden con la misma rapidez. A eso se añaden la pérdida de agua y sales y el cansancio acumulado. Pueden aparecer calambres, debilidad e incluso desorientación.

En los entrenamientos normales no suelo llegar a ese punto. Las tiradas largas de muchos planes se quedan alrededor de treinta kilómetros. Por eso, descubrir lo que ocurre después se parece un poco a salir por primera vez al espacio: sabes que existe, has leído sobre ello y lo esperas, pero no tienes ni idea de cómo vas a reaccionar. Después del primer maratón, ya cuentas con esa experiencia.

Si quiero mantener un ritmo exigente hasta el final, no puedo confiar únicamente en lo que traigo de casa. Tengo que beber y reponer durante la carrera, como hacen los mejores. Para eso están los avituallamientos con agua, geles, plátanos o barritas, a menudo separados por cinco o siete kilómetros, según la prueba.

Las zapatillas viejas

Un músico tiene una relación especial con su instrumento. Lo elige, lo cuida y acaba sintiéndolo como parte de sí mismo. A un carpintero, un pintor o un bombero les pasa algo parecido con sus herramientas. Juntos pueden hacer cosas que no harían por separado. Para un corredor, las zapatillas también forman parte del cuerpo y de la historia. Un par malo se parece a un romance breve y desafortunado: apetece olvidarlo y no repetir el error. Pero si aparece el amor de verdad, cuesta soltarlo.

Por desgracia, las zapatillas se gastan. Llega el momento de despedirse. Metes el par viejo en la caja del nuevo, recuerdas lo bien que te ha acompañado, quién eras cuando lo estrenaste y en quién te has convertido. Después, quizá a escondidas y con una mezcla de culpa y pena, lo llevas al lugar donde os diréis adiós.

En la agencia donde trabajo hicimos una vez una instalación con zapatillas de corredores para ASICS. Fue uno de nuestros proyectos más emotivos. Puede que sea cosa mía, pero hay pares que echo de menos. No se puede volver al pasado, pero rendirles un pequeño homenaje forma parte de mis rituales.

El combustible del corredor

Sobre nutrición deportiva hay libros enteros y recomendaciones profesionales. Además, lo que necesita un deportista cambia según lo que practique. Tiene todo el sentido.

Cuando entrenaba fuerza me había acostumbrado a pensar en batidos de proteína para alimentar los músculos. Corriendo noté que también cambiaban mis apetencias. Me atraían mucho más los platos de cereales y la pasta que unos huevos fritos. Empecé a prestar más atención a los hidratos y a las grasas, sin reducir toda la alimentación a la proteína.

Durante mucho tiempo infravaloré los geles. Me parecía una especie de virtud no tomar «química» y correr como un humano antiguo, con agua y fruta. Cambié de opinión. Un gel permite aportar energía, y algunos también electrolitos, de una forma práctica durante el esfuerzo. La ciencia podía ayudarme, qué demonios. No tenía sentido despreciarla por una pose. Ahora los utilizo en algunas carreras.

La cantidad y el momento merecen un plan adaptado al ritmo, la duración y el producto. Yo empecé con una regla muy elemental: repartirlos. Si llevaba dos, imaginaba tres partes y tomaba uno tras cada una de las dos primeras. Con tres, dividía en cuatro. En mis primeras cuentas ni siquiera contemplaba más de seis. Era mi manera de organizarme, que después tenía que contrastar con lo que toleraba entrenando.

Otra pauta que encontré situaba el primer gel hacia el kilómetro siete u ocho y los siguientes cada cinco kilómetros.

Lo importante para mí era recordar que se absorben deprisa, pero no por arte de magia. No quería esperar a quedarme completamente vacío. Empezaba a pensar en el primer aporte hacia los treinta o cuarenta minutos y después continuaba según el plan, el ritmo y los avituallamientos. Tomar uno a dos o cuatro kilómetros de la meta podía llegar demasiado tarde para lo que esperaba de él.

Las etiquetas importan. Hay geles isotónicos, otros que se acompañan con agua, productos con electrolitos y distintas cantidades de hidratos. No todos aportan lo mismo ni sustituyen de la misma manera a la bebida. Aprendí a mirar qué llevaba cada uno, en vez de considerar que todos los sobres eran iguales.

Los que contienen cafeína buscan también un efecto estimulante. Algunas personas los utilizan antes de una prueba corta, como un café; en una larga, pueden reservarlos para la última parte, con margen suficiente para que actúen. Yo pienso en la imagen de espolear a un caballo. Solo que el caballo soy yo. Si le quedan fuerzas y está algo apagado, quizá responda. Si está a punto de caer, espolearlo no tiene ninguna gracia.

Lo que no me ha salido

No todo me sale bien. No soy Batman ni puedo organizar el mundo para que encaje con mis deseos. Al menos este mundo es de verdad.

No he conseguido contagiar del todo a mis hijos ni a mi mujer. Fueron los primeros a los que envié el borrador. Esperaba unas palabras de ánimo y me las dieron, así que estoy contento. El libro no lo leyeron.

Tengo un perro, un sabueso de raza porcelaine llamado Dante. Sobre el papel, el compañero perfecto. Cuando era cachorro hicimos juntos salidas de tres o cuatro kilómetros. Las toleraba, pero se notaba que no le gustaban. Yo quería un ritmo estable; él, zigzaguear, pararse en seco y salir disparado. Nuestros gustos no coincidían. Quizá habría podido trabajar con un educador canino para encontrar una forma de correr juntos. No lo hice. Otra cosa que no me salió.

Como casi cualquier principiante que acaba de terminar un maratón, me encantaba aconsejar a los amigos. No sé si mis consejos eran buenos: no los seguía nadie. Por eso intento contar aquí lo que he hecho y lo que he entendido, no convertirme en una autoridad. Pruebo, observo y relato el resultado. No me veo en posición de recetar a otros su manera de correr.

Este año tampoco he bajado de tres horas en el maratón. Ahora estoy en la fase de buscar explicaciones que hagan que no parezca tan grave. Seguro que pronto me reconcilio con el asunto.

El impulso de convertir a los demás

Cuando sales solo, correr puede parecer un deporte solitario. Si no perteneces a un club, gran parte del tiempo estás a tu aire. De pronto aparece otro corredor, levantas la mano y te devuelve una sonrisa. Nos entendemos bastante bien.

En una carrera ves cientos o miles de personas que también saben algo de esto. Concentradas, con una belleza que no necesita trajes de fiesta, maquillaje ni coches caros. Jóvenes llenos de energía y mayores duros como rocas. Qué gente tan estupenda.

Después camino por la ciudad y veo a gente que apenas se mueve, que arrastra el cuerpo de la oficina a la cafetería y vuelve a casa con tres o cinco mil pasos. Pienso en lo fácil que es acostumbrarse: como casi todos vivimos así, acaba pareciendo normal.

Me entran ganas de decirles: ¡muévete, un poco más! Hemos construido una civilización sedentaria, rodeada de comida fácil y calórica. Yo también estaba dentro. No quiero dejar que esa comodidad me aplaste. Quiero recuperar algo más natural: moverme, moverme de verdad.

Creo que muchos corredores conocemos esa mezcla de entusiasmo e impotencia. Quizá por eso damos tanto la lata. No siempre es por presumir. A veces es fervor de converso: has descubierto algo que te hace bien y quieres llevártelo todo el mundo detrás. Aunque sea una persona más. Aunque sean dos kilómetros. ¿Y si esta vez lo consigo?

Supongo que por eso he escrito tanto. Murakami ya consiguió que mucha gente se pusiera las zapatillas. Los demás también podemos intentarlo. Es nuestra pequeña misión, la de quienes hemos descubierto la alegría de correr.