El reto de correr 365 días
Todo empezó un 31 de diciembre, dos años antes. Vi una publicación de mi amigo Toni en Instagram. Hacía balance del año y decía lo estupendo que era correr todos los días. Pensé: ahí tienes a un héroe de verdad. Nada de personajes inalcanzables de una revista deportiva. Un tipo de carne y hueso, con su negocio y su familia. ¡Y había conseguido correr a diario! Sin excusas, a por todas. ¡Qué grande! Yo también quería hacerlo.
Al día siguiente, el 1 de enero, empecé mi reto: 365 días corriendo. No fue una decisión meditada. Más bien un impulso. Leí la publicación por la noche y a la mañana siguiente salí a correr. Las zapatillas ya las tenía.
Durante aquel primer reto corrí todos los días. Aunque, para ser sincero, no todas las salidas daban para presumir. Me puse enfermo un par de veces y salir con fiebre no resultaba nada agradable: algunas carreras se quedaron en 300 o 600 metros. Un puro trámite, claro. Pero no rompí la racha.
En otra ocasión, un viaje en avión me ocupó casi un día entero. Durante una escala tuve que correr de un lado a otro junto al aeropuerto de Ámsterdam. Sin zapatillas, con unas pesadas botas de montaña. La velocidad daba risa. ¡Pero la racha seguía intacta!
En septiembre de aquel primer año corrí un maratón. Bajé de cuatro horas. Me dolían las piernas una barbaridad. Apenas podía caminar y subir escaleras era un suplicio. Correr al día siguiente parecía impensable. Durante unos días volví a las distancias minúsculas, pero, y esto era lo importante para mí, sin saltarme ninguno.
En diciembre estaba exprimido como un limón. Me había hartado. Ya había cumplido todas mis ambiciones deportivas y seguía saliendo un poquito, a veces de manera simbólica, solo para terminar el reto.
Y lo terminé. El 31 de diciembre grabé un vídeo contando que había corrido 365 días y estaba agotado. Recibí un montón de «me gusta» y fui a Instagram a darle las gracias a Toni por haberme inspirado.
Encontré aquella publicación. Y ese 31 de diciembre, por fin, la leí hasta el final…
Resultó que se había FIJADO UN OBJETIVO DE KILOMETRAJE PARA TODO EL AÑO. ¡No había prometido correr todos los días!
A principios de enero, Toni había salido a hacer su «kilómetro de los propósitos». Mientras corría se le ocurrió un reto: alcanzar un kilometraje total al terminar el año. Y lo consiguió, aunque salió muchos menos de 365 días. Hubo resfriados, cenas de empresa, cansancio y toda clase de imprevistos. Motivos, vamos. Pero cumplió su objetivo.
Tenía su gracia. ¡Ojalá hubieras visto mi cara!
Por otra parte, me alegro muchísimo de no haberlo leído entero. Me pasé el año feliz, convencido de que seguía los pasos de mi amigo. No me permití excepciones. Pronto me acostumbré a salir a diario y correr pasó a formar parte de mi vida. El 1 de enero siguiente me costó de verdad quedarme en casa. Tuve que obligarme. ¿Te lo imaginas? A veces hace falta fuerza de voluntad para no correr.
El caso es que ya había vivido esa experiencia durante un año entero. Sabía que podía correr todos los días. Literalmente.
El reloj de un maratoniano
Aquellas Navidades, mi mujer me sorprendió con un Garmin Forerunner. No era el modelo de gama alta: un reloj relativamente sencillo, pero lo bastante avanzado para recoger un montón de datos sobre los maravillosos procesos de mi maravilloso organismo.
A diferencia del Apple Watch que usaba entonces, al Garmin no se le agotaba la batería al terminar el día: me duraba cuatro. Podía dormir con él y analizar el sueño. Qué romántico.
Antes corría con el Apple Watch, pero me resultaba incómodo controlar el pulso, así que, en la práctica, no lo controlaba. Una pena. Debería haberlo hecho.
Empecé a observar mis pulsaciones, la energía que había recuperado durante la noche y mis niveles de estrés. Además, el reloj ofrecía estadísticas muy precisas de las carreras. Un apasionante ejercicio de autoconocimiento.
En cuanto me lo puse, pensé que podía volver a correr todos los días.
El año anterior había corrido, claro, pero con mucha menos constancia. Durante mi primer reto había sumado 1600 km saliendo a diario. Al año siguiente me quedé en 577 km repartidos en 90 salidas. ¡Solo 90 en todo el año! Los resultados lo notaron. De un maratón en 3 horas y 56 minutos pasé a otro en 4 horas y 12 minutos. Sufrí, me forcé y, aun así, fui más lento.
Y, la verdad, echaba de menos correr. Volver al reto de los 365 días me apetecía mucho. Ponerse una meta exigente sirve para espabilar. Con mi reloj nuevo decidí repetir el año de running, esta vez con más cabeza. Ahora tenía una herramienta más.
La constancia
Lo más interesante que he descubierto corriendo, y quizá también lo más discutible, es la práctica de salir todos los días.
En los artículos sobre running se insiste mucho en la necesidad de hacer pausas y dar al cuerpo tiempo para recuperarse. Nada que objetar: necesitamos descansar. Ignorarlo puede perjudicar la salud. Hasta los campeones, y sobre todo ellos, se toman días de descanso.
Pero cada uno juega con las cartas que le han tocado. Yo conozco mi carácter. Soy algo vago y bastante poco organizado. Si me dejas una oportunidad para escaquearme, encontraré argumentos. ¿Y si paso el entrenamiento a otro día? ¿Y si descanso un poco más esta semana, o la siguiente? ¿Y si me lío con el calendario? Siempre tendré una buena razón para saltármelo.
De joven intenté muchas veces levantarme pronto para hacer deporte, estudiar idiomas o trabajar. Me lo prometía por la noche: mañana me despertaré fresco y lleno de energía, seré la fuerza de voluntad hecha persona y me dedicaré tiempo. Perderé peso, ganaré fuerza y flexibilidad, saldré a correr, haré dominadas, veré amanecer en el parque…
Pero sonaba el despertador a las seis y mi cerebro se ponía a razonar. En realidad me había acostado tarde. Dormir ocho horas era sano. Tampoco necesitaba tanto ese entrenamiento: estaba bastante en forma. Podía hacerlo por la tarde. Y, bien pensado, era mejor empezar el lunes. Ya sabes cómo va esto.
Así, el Poder de la Razón derrotó una y otra vez a mi Fuerza de Voluntad. Soy un ser racional, y a mucha honra. Qué le vamos a hacer.
También sé que soy muy cabezota. En el reto de los 365 días, faltar una sola vez significaba fracasar en todo el proyecto. A cambio, no había ninguna obligación de correr 10 km, madrugar ni ir deprisa. Nada de eso. Podía correr despacio, poco y a cualquier hora. Lo único imprescindible era la constancia.
Diez minutos al día se pueden encontrar casi siempre, salvo que uno tenga una pierna rota. En mi lógica de entonces, ni un brazo roto tenía por qué impedirlo: bastaba con ir más despacio. Además, ya había completado una vez el reto de correr a diario y estaba seguro de poder repetirlo. Había pasado el tiempo, lo malo se había borrado y solo recordaba lo divertido. Y en una conversación quedaba estupendo soltar: «Yo corro todos los días». ¡Menudo fenómeno!
Así resolví mi problema con la regularidad: corría cada día. No todas las salidas merecían una medalla, pero si me preguntaban qué días entrenaba, la respuesta era facilísima. Todos. Cualquier día del año.
¿A que es un horario sencillo?
El más sencillo que existe. Imposible olvidarlo o confundirse.
Es. Muy. Fácil.
Mucho.
El primer mes
Los corredores experimentados dicen con toda sinceridad que correr es fácil. Casi el deporte más sencillo y accesible que existe. Apenas necesitas nada: zapatillas, ropa deportiva y a la calle. ¡Eso lo tiene cualquiera! No hacen falta aparatos como en musculación, ni un entrenador, ni una pista especial como en hockey, ni un campo como en golf, fútbol o voleibol. Ni siquiera alguien con quien jugar, como en tenis. ¡Y es gratis!
Puedes correr solo, por cualquier parque o por la calle. En cualquier ciudad, sobre cualquier superficie y a cualquier hora. Para conseguir grandes marcas necesitas material específico y quizá un entrenador, claro. Pero para correr por gusto, dicen, nada de eso hace falta. Se lo creen de verdad. Si los conectaras a un detector de mentiras, probablemente confirmarías su absoluta sinceridad.
Suena bien. Pero no es tan sencillo.
Esos corredores ya han empezado y aman su deporte. Mucha otra gente odia correr, precisamente porque no lo disfruta. Siente dolor muscular, falta de aire y ampollas. Respira con dificultad, suda a chorros, huele mal, se avergüenza de ir tan despacio y se desmoraliza al comprobar lo poco que aguanta. Encima tiene que soportar a esos corredores tan animados. Después de unas cuantas sesiones de sufrimiento y humillación, tacha el running de su vida. Hasta el siguiente intento.
También tiene su lógica.
Correr supone un esfuerzo intenso. La primera salida quizá resulte más exigente que la primera sesión con mancuernas. El cuerpo recibe una carga inesperada, no está preparado y no sabe cómo responder. De ahí la falta de aire, el dolor y la ausencia total de placer.
Pero yo sé que eso cambia. Llega el gusto por correr. Llega la alegría de conseguir cosas. Al principio solo hace falta constancia. Nada de heroicidades. Seguir, poco a poco.
Aunque ya tenía bastante experiencia, volver a entrenar con regularidad me costó. La diferencia era que sabía que aquellas sensaciones durarían poco. Todo ese malestar acabaría pasando. Todo.
Empecé con 2 o 3 km. A menudo caminaba y mi velocidad media era lamentable. Me dolían los músculos. Desde el primer día, una vocecilla me susurraba que aquello era una tontería: podía correr bien sin hacerlo a diario. Un descansito no vendría mal.
Apartaba esos pensamientos. Sabía que aparecerían y estaba preparado. Poco a poco cogí el ritmo y empecé a sentir que podía llegar más lejos y aguantar más tiempo.
Entrenador personal y otras opciones
En principio, entrenar con un profesional debería ayudar. Mi experiencia, sin embargo, no ha sido buena. Cuando he trabajado con instructores, tanto en fuerza como en yoga, he acabado bastante pronto con una lesión y una recuperación larga. Así que, por desgracia, tengo mis prejuicios.
Quizá ocurra porque, al escuchar a un entrenador, le cedemos la responsabilidad de decidir. Pero quien recibe los efectos del entrenamiento eres tú. Esa responsabilidad sigue siendo tuya; transferirla es una ilusión. Sería como aprender a conducir mirando al profesor, sin sentarte nunca al volante.
Aun así, varios amigos entrenan con profesionales y merece la pena contarlo. Les gusta tener a alguien que los motive, les resuelva dudas y les marque objetivos. Yo, en cambio, discrepo demasiado a menudo cuando escucho esas recomendaciones. Prefiero prestar atención a mi cuerpo, analizar los resultados y leer artículos, blogs y libros para entender qué estoy haciendo.
Mis amigos suelen trabajar con entrenadores a distancia. Hay alguien, en algún lugar, que sabe de running, cobra una cantidad por asesorarte, prepara tu programa y sigue tus progresos a través de una aplicación o de Garmin Connect. Responde a tus preguntas. Cuando no tienes con quién compartir tus problemas o alegrías de corredor, está ahí para escucharte y ayudarte. Y si le has prometido hacer algo, da apuro fallarle. Así que cumples.
Yo, como introvertido de manual, me apaño sin entrenador.
Hay muchas aplicaciones y prefiero entrenar con ellas, aunque tampoco les hago siempre caso. Me dan referencias y con eso me basta. No solo para correr: también para yoga, gimnasio, alimentación o respiración. A mí me sirve.
El plan de entrenamiento
No tenía entrenador ni nadie que me preparara un plan. Yo tampoco sabía hacerlo, así que no me puse a escribir uno sin sentido. Además, seguramente no lo habría seguido. ¿Para qué fingir?
Por eso, el primer mes me centré en salir con regularidad y registrar los entrenamientos. Sin plan. Para empezar no estaba mal. Sabía que estaba construyendo un hábito. No me preocupaban las marcas, la velocidad, las distancias ni las sensaciones físicas. Solo vigilaba la constancia.
Se dice que hay que repetir algo nuevo 21 veces para convertirlo en un hábito. Será verdad, pensaba yo; me venía bien creerlo. En cualquier caso, si decides hacerlo todos los días, el hábito termina apareciendo.
Además de correr, me pesaba y anotaba el resultado cada día. Esto último es importante. Me subía a la báscula todas las mañanas, de verdad. Como con el running, no tenía una meta concreta ni un plan consciente para adelgazar. Simplemente llevaba la cuenta.
Entre el lunes y el martes la diferencia era mínima, casi imperceptible. Pero medirla creaba una costumbre y dirigía mi atención al peso. No intentaba modificarlo: lo observaba, es decir, lo anotaba. Acabó cambiando. Solo hicieron falta un par de meses.
Las aplicaciones
Mi aplicación principal por entonces era NRC, Nike Run Club. Me gustaba su enorme comunidad. Encontraba a conocidos y comparaba mis resultados con los suyos. Al añadirlos veía mi posición semanal o mensual entre mis amigos. También seguía a corredores de otros países. En mi lista hay alemanes, estadounidenses, japoneses, mexicanos y brasileños. Hace ilusión terminar una salida a primera hora y verte delante de muchos de ellos. Luego el día avanza por los distintos husos horarios, los demás salen, te alcanzan y te adelantan. A veces hasta te planteas una segunda sesión por la tarde para conservar el puesto.
Normalmente estaba entre los diez primeros de mi clasificación semanal o mensual. Ese año quedé primero muchas veces. A la mayoría no los conozco en persona, así que puedo añadirlos o quitarlos sin demasiados remordimientos. Busqué gente con un nivel parecido al mío. Si alguien corre cantidades inalcanzables, me desmotiva. Si corre muchísimo menos, me siento estupendo, pero presumir a costa de quien va por detrás no me hace mejorar. Lo ideal es poder adelantarlos, siempre que tenga que esforzarme un poco.
En la aplicación participaba en retos: completar 50 o 100 km antes de una fecha, por ejemplo, o apuntarse a carreras virtuales solidarias. En una ocasión Nike se comprometió a donar dinero en función de los kilómetros que corriéramos un día concreto. Naturalmente, intenté sumar unos cuantos más.
También utilizaba sus retos de distancia y sus carreras guiadas en audio con gente conocida. Estaba bien. Quizá tuviera menos estadísticas que otras aplicaciones, pero a mí me bastaba. Me sentía parte de la comunidad Nike.
Me gustan las carreras virtuales, como los cinco kilómetros del domingo, Just Do It on Sunday, y otros eventos puntuales. Hay consejos de entrenamiento, planes, recomendaciones de alimentación y toda clase de recursos para animarte a seguir.
También compartía fotos de mis salidas con sus pegatinas en el feed de Nike. Un verdadero diario de corredor.
Al terminar veía el recorrido sobre un mapa. El calendario de entrenamientos me permitía ponerme nostálgico mirando dónde había estado el año anterior y cuánto corría. También registraba las sesiones en cinta. Al principio se equivocaba bastante al medir la distancia; después mejoró.
Además, iba consiguiendo insignias por distintos logros. Las había por correr en Año Nuevo, en tu cumpleaños, en el Año Nuevo chino, el 14 de febrero o en la fiesta mexicana del Cinco de Mayo.
Hay insignias por entrenar tres, cinco o siete veces en una semana, o por superar los 50 o 100 km. NRC se pasa el día felicitándote. Y eso gusta.
Saliendo todos los días tenía muchas papeletas para completar la colección de insignias del año.