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Octubre

La vuelta después de la carrera, rodajes de otoño, pruebas y nuevos kilometrajes.

12 min · 1.982 palabras

Después de la gran carrera

Ya está. La gran carrera ha terminado, has gastado tus fuerzas y tienes un resultado. Sea cual sea, hay motivos para alegrarse.

En los últimos kilómetros suele aparecer una idea traicionera: ¿para qué necesito yo todo esto? Llega la apatía. No quieres nada, solo acabar. Y, sin embargo, unos minutos después de cruzar la meta ya estás pensando en repetir. La próxima vez, mejor. Los planes vuelven y poco a poco se convierten en una certeza: el espectáculo debe continuar.

Termino empapado, sin fuerzas y con los pies hinchados. Me gusta cambiarme enseguida, ponerme ropa seca y cuidar las piernas. A veces uso un gel refrescante. En algunas carreras hay masaje después de la meta. Quienes lo hacen son seres de luz. Puro paraíso.

Si hay comida, intento empezar a reponer. Según mis registros, un maratón me supone más de 3500 kilocalorías. Es una cantidad enorme, más de lo que muchas personas gastan en un día. Parece que hubiera vivido una jornada extra, comprimida en unas pocas horas. Tiene sentido que el cuerpo pida descanso. Si puedo, me ducho, me ocupo de los pies y duermo una hora o una hora y media.

Los días siguientes no son sencillos. Por mucha experiencia que tenga, el esfuerzo ha sido enorme. El cuerpo se vuelca en recuperarse. Hay que darle espacio para hacerlo, aunque eso no siempre signifique inmovilidad absoluta.

Cuando no hay lesión, a mí me gusta mantener algo de movimiento suave y mis ejercicios habituales de movilidad. Probé a no hacer nada y esperar a que volviera la forma. No me fue bien: aquel descanso completamente pasivo me dejaba torpe.

Mi costumbre ha sido regresar con una escalera inversa: salidas muy pequeñas, de uno a tres kilómetros, y aumentos de dos o tres hasta volver a mis cifras habituales. Siempre atendiendo a cómo estoy. Las piernas pueden estar doloridas, pero me gusta recuperar poco a poco la sensación de movimiento. No lo vivo como otra prueba que tenga que superar a la fuerza.

Hay quien recomienda limitarse a un maratón por temporada. A mí me costaba resignarme: me apetecía ponerme a prueba más a menudo.

La prueba de esfuerzo

La relación de un corredor con su corazón suele evolucionar más o menos así.

De niño descubres que tienes pulso. Durante años, cuando te acuerdas de él, lo mides con los dedos, al estilo de tu abuela. Ella aprobaría el método. Pero te acuerdas poco. Sabes que existe y que a veces se acelera.

Empiezas a hacer deporte y tampoco le prestas mucha atención. Luego lees algo, te pica la curiosidad y compras un reloj o una pulsera. Las mediciones no siempre son perfectas y de vez en cuando te dan un susto.

La imprecisión empieza a molestarte. Buscas un sensor más fiable y, cuanto más sabes, más quieres saber. Duermes con el reloj para observar el pulso en reposo y el sueño. Revisas cada entrenamiento para descubrir dónde apareció aquel pico y qué significaba.

Calculas las zonas con tablas, aceptas las que propone el reloj o compras otro modelo más avanzado. Empiezas a organizar las salidas en función del pulso.

Y un día te encuentras corriendo cuesta arriba con una máscara que parece de una sesión de BDSM, cubierto de sensores, sintiéndote astronauta o piloto de pruebas mientras alguien te saca sangre sin que dejes de correr. Después vienen, en rápida sucesión, la decepción, el escepticismo, la protesta y la aceptación.

Yo también pasé por ahí. Pregunté a varios amigos y decidí hacer una prueba en un centro de medicina deportiva. No tenía entrenador y, hasta entonces, las opiniones sobre mi running venían de otros aficionados. Quería una valoración profesional. Acababa de mejorar mucho mi marca de maratón y sentía curiosidad por saber cómo estaba mi magnífico organismo.

En el fondo esperaba que descubrieran un talento excepcional. O, por lo menos, algo mejor que la media.

Nada de eso. Por aquel centro pasaban muchos deportistas y yo no era una aparición milagrosa. No iba a dejar a nadie boquiabierto. A cambio, conocería mejor mi cuerpo y saldría con unas zonas de pulso más ajustadas.

La prueba consiste en correr sobre una cinta que va aumentando la exigencia. Los sensores registran el corazón y el electrocardiograma a cada nivel de esfuerzo. La máscara analiza el aire espirado para medir el intercambio de gases. En mi caso también tomaron pequeñas muestras de sangre del dedo mientras corría, para ver cómo evolucionaba el lactato.

La cinta acelera con una calma despiadada y también cambia de inclinación. Te va apretando hasta que llegas al límite y pides que termine la tortura. «Todos acaban pidiendo parar», me dijo la médica, que también era corredora de competición. Nadie derrota a la máquina.

Con esos datos obtienen la curva de lactato y la relación entre velocidad, pulso y esfuerzo. También descubres tu velocidad máxima en aquella prueba. Justo las cosas que un corredor curioso quiere saber.

Al terminar recibes las gráficas, las zonas de entrenamiento y algunas recomendaciones, incluidas posibles pruebas adicionales.

No era un prodigio. Era un tipo bastante normal. Después de pensarlo, decidí que me parecía bien. Además, las fotos con la máscara habían quedado espectaculares.

Actualicé las zonas del reloj en cuanto llegué a casa. La prueba no cambió radicalmente mi manera de entrenar: seguí corriendo casi igual. Pero ahora sabía mejor dónde estaba y me quedé más tranquilo.

Correr en otoño

Quizá sea la época más productiva. Muchas grandes carreras llegan después del verano, cuando los corredores del hemisferio norte hemos tenido meses para preparar la forma.

Mi gran cita había sido en septiembre, en Madrid. Pero el otoño aún no había terminado y el calendario seguía lleno de carreras que me tentaban.

También los aficionados podemos recoger lo sembrado. Hemos entrenado durante la primavera y el verano; toca descubrir qué ha salido de todo eso.

La temperatura ayuda muchísimo. Ese fresco cercano a los 10 °C, con algo de humedad, me parece ideal. Era el tipo de condiciones que se buscó en Viena para el INEOS 1:59 Challenge, cuando Eliud Kipchoge bajó de dos horas en la distancia del maratón.

Correr con fresco después del verano se parece a entrar en un hotel con aire acondicionado tras pasar horas en la playa. Antes ya me gustaba el otoño. Desde que corro, lo adoro.

Aunque no busque marcas, pocas cosas superan una salida entre árboles dorados y hojas crujiendo bajo los pies. No tengo tanta sed, las piernas van alegres y el ritmo sale mejor que en los meses de calor. El ánimo se dispara.

El otoño es una época perfecta para correr. ¡Queda oficialmente declarado!

A por los cien

En junio me había propuesto rondar los 80 km semanales. Después llegaron la puesta a punto del maratón, con menos volumen, y la recuperación posterior. No podía mantener la misma cifra todo el tiempo. Aun así, en una fase de carga me había surgido otra tentación: probar una semana de cien kilómetros.

No era una tontería. La principal dificultad no estaba en las piernas, sino en el reloj. A unos cinco minutos por kilómetro puedo meter once en una hora. Reservar una hora diaria es factible con una jornada de trabajo normal. Más ya cuesta. Para sumar cien en siete días hacen falta unos quince diarios, y si descanso algún día, todavía más. Después vienen la ducha, cambiarse y poner a lavar la ropa. La actividad puede acabar ocupando dos horas de la jornada.

El fin de semana ofrece algo de margen, pero sigue siendo mucho tiempo. Una hora y media diaria no aparece por arte de magia. Aun así, durante una preparación concreta puedo reorganizarme temporalmente y acercarme a esa cifra tan redonda: cien.

Conseguí mi primera semana de 100 km durante la preparación, antes de empezar a reducir la carga para el maratón de Madrid. Fue una sensación extraña y maravillosa. En febrero había necesitado todo el mes para sumar cien; ahora los hacía en siete días. Estaba eufórico. Me sentía preparado para nuevos retos.

Doblar entrenamientos

A veces me encontraba bien, tenía ganas y disponía de tiempo, sobre todo en verano, y salía dos veces: mañana y tarde. Pero no era una costumbre organizada.

Después leí cómo entrenaba Eliud Kipchoge. Una leyenda. El primer hombre que completó la distancia del maratón por debajo de dos horas. Un keniano con mujer, hijos, una granja y vacas. Y, además, una máquina de correr capaz de dejarnos con la boca abierta. Claro que quería saber cómo trabajaba.

Copiar sus sesiones no iba a darme sus resultados. Su equipo ajustaba las cargas a un organismo y una experiencia extraordinarios. Además entrenaba a unos 2000 metros de altitud y competía muchas veces cerca del nivel del mar, con otra disponibilidad de oxígeno. Aun sabiendo todo eso, me interesaba mirar el entrenamiento de un campeón.

En el programa que consulté no vi una magia secreta. Vi kilómetros. Muchísimos: entre 170 y 190 por semana. A velocidades que para nosotros ya serían exigentes. También había mucho rodaje suave, con el pulso bajo. En aquel plan no aparecían sesiones de gimnasio. Todo estaba orientado a correr.

Lo que más me llamó la atención fueron los dobles. No todos los días, pero sí muy a menudo. Una sesión más larga por la mañana, de quince o veinte kilómetros, y otra de unos diez por la tarde. Así iba sumando.

Las mañanas concentraban el trabajo difícil: ritmo, fartlek, series. Por la tarde solía tocar recuperación. Si la primera sesión era especialmente larga o dura, por encima de una media maratón, podía descansar después.

Mi gran problema para imitar siquiera un poquito aquello era el tiempo. Hacer dos salidas de diez ocupa más que una de veinte. Dos cambios de ropa, dos preparativos, dos calentamientos, dos duchas. Los kilómetros son los mismos; la agenda no.

También hay ventajas. Entre sesiones descansas, puedes repartir la carga y ensayar más tipos de trabajo. Sumas experiencia y volumen de otra manera, y preparas al cuerpo para esfuerzos serios.

Pero dedicar dos o tres horas diarias al deporte resulta mucho más fácil cuando es tu profesión. Para un aficionado con trabajo, familia, obligaciones y otros intereses, es un lujo.

Y dos entrenamientos también significan más carga. No todo el mundo la tolera. Hay que usar la cabeza y no hacer más de lo que uno puede asimilar.

Aun así, si esta pasión te ha atrapado, quizá puedas reservar una semana o una temporada para probar algunos dobles. Durante un rato te sentirás casi como Kipchoge.

Cuando alguien dice «en la vida hay que probarlo todo», suele pensar en sexo y drogas. Qué poca imaginación. Prueba a doblar entrenamientos.

El miedo a perder músculo

«Correr se come los músculos». Esa frase siempre me ha parecido una simplificación tremenda. Mi experiencia fue otra.

Nassim Taleb contaba en uno de sus libros que había confundido la causa con el efecto. Se puso a nadar para conseguir cuerpo de nadador: hombros anchos, cintura estrecha, pecho potente. No esperaba crecer de estatura, claro, pero sí transformar lo demás. Al cabo de un tiempo vio que su figura no cambiaba como había imaginado. Entonces entendió el problema: muchos campeones triunfan porque su constitución encaja con ese deporte, no porque el deporte fabrique desde cero esa constitución.

Con los grandes fondistas pasa algo parecido. Suelen ser muy delgados, con extremidades largas y hombros estrechos. Correr no va a convertirnos automáticamente en una copia de ellos. Para llegar a ese nivel cuentan también las características con las que uno nace.

En mi caso, al correr fui perdiendo grasa y se hicieron más visibles los músculos que ya tenía. Las piernas ganaron firmeza. Se marcaban más las venas y el relieve muscular. Seguía siendo yo, con mi estructura, pero con menos grasa alrededor.

Cada uno tiene su constitución. Yo dejé de ver el running como un enemigo automático de mis músculos.