Contra el «ya lo haré mañana»
En diciembre participé en una jornada titulada «Importante, no urgente». Amigos y colegas hablaban de ponerse metas ambiciosas, dar el primer paso, no abandonar y, en la última parte, seguir siendo felices durante el proceso. Fue interesante. Más de uno descubrió algo sobre sí mismo.
Me invitaron al bloque sobre cómo no tirar la toalla para hablar de correr a diario. No era exactamente una charla sobre objetivos empresariales ni sobre productividad, pero allí estaba yo, contando mi año de running.
Mientras escuchaba a los demás, pensaba en cuántas veces aparece la procrastinación. Queremos adquirir hábitos, ser más eficaces y llevar a cabo nuestros planes, pero seguimos pasando las cosas importantes de una lista anual a la siguiente. Madrugar, terminar una tesis o un libro, cambiar una costumbre. Siempre hay algo que dejamos para después.
Al volver a casa pensé que el reto de los 365 días había sido para mí un entrenamiento magnífico contra esa manía. Después de salir a correr ciento ochenta o trescientos días, frases como «no consigo levantarme», «no encuentro tiempo para leer» o «nunca empiezo a cuidarme» suenan distintas. Ya has practicado la parte esencial: hacer lo que toca, aunque hoy no te apetezca demasiado.
El mundo está lleno de perfeccionistas que posponen. Mejor no hacerlo que hacerlo mal, dicen. Y se preparan para hacerlo impecablemente mientras no hacen nada. Un perfeccionismo muy poco útil. Yo prefiero un intento imperfecto que produzca algo. Correr con regularidad me enseñó eso: una salida poco brillante podía ser mejor que la salida que no llegaba a existir. Aprendí a actuar en lugar de limitarme a planear y aplazar.
Después de aquel año, la procrastinación había perdido buena parte de su poder sobre mí.
Consejos brillantes que no sé usar
El final del año invita a mirar atrás y hacer planes.
Leo muchos artículos y sigo bastantes blogs de running. Creo que el género tiene una trampa. Para escribir algo útil hay que saber; para saber mucho, normalmente hay que haber dejado de ser principiante. Y así acabamos con textos escritos por especialistas que a quien empieza le resultan lejanísimos.
A menudo escribe alguien con 2:45, 2:30 o menos en maratón. Su opinión está respaldada por grandes resultados. Pero para quien aún no ha corrido diez kilómetros, algunas recomendaciones parecen instrucciones para sobrevivir en la Luna. Serán correctas, pero no sabes cómo llevarlas a tu vida.
Por ejemplo, reservar uno o dos días de descanso cobra un sentido evidente cuando sumas ochenta, ciento veinte o más kilómetros semanales. Yo, con veinte o veinticinco, sentía que una pausa me rompía el hilo más de lo que me ayudaba. Las salidas eran tan pequeñas que me parecía llegar descansado de sobra a la siguiente. Esa era mi dificultad: traducir una recomendación general a mi carga y a mi carácter, sin convertirla en una excusa para no salir.
También había leído sobre correr la segunda mitad del maratón más deprisa. Estupendo cuando tienes la resistencia para hacerlo. Si vas a más de 5:30 min/km, llegas vacío al veintiuno y te estampas contra el muro, pedirte que aceleres parece humor negro. Da igual que conozcas la teoría si ya no puedes mover las piernas. Tuve que correr cuatro maratones antes de empezar a controlar el ritmo con algo de torpeza. La cabeza aprendió a base de piernas.
O el consejo de hacer tiradas largas a bajas pulsaciones. Una gran idea. Pero, al principio, completar diez kilómetros ya me exigía todo. El pulso se disparaba, salía pocas veces y no veía una mejora clara. Sin notar progreso, era fácil perder las ganas. Entre saber lo que conviene y ser capaz de hacerlo había un buen trecho.
Lo que entendía de mi cuerpo al empezar el año y lo que sabía al terminar eran dos mundos. Miro las sesiones antiguas de Nike, Garmin y Strava y me llevo las manos a la cabeza. ¿Cómo hacía aquello? Con los ritmos y el volumen de mi primer año corriendo a diario, haber bajado de cuatro horas me parece ahora un milagro.
A cambio, esa experiencia me permite revisar el camino y decidir qué quiero para la siguiente temporada. También hablarlo con la gente que tengo cerca.
La pareja
Si compartes tu vida con alguien, su relación con tu afición importa mucho. Con apoyo, todo es más fácil. Si cada salida provoca una discusión por las horas fuera de casa, los viajes y las conversaciones monotemáticas, la cosa se complica.
Se dice que, si eres corredor y sigues casado, entrenas poco. Me parece pasarse bastante. En ese caso, prefiero entrenar poco.
Hubo una época en que mi mujer, Natalia, quería que adelgazara. Le prometí hacerlo y al principio me animó. Después me enganché y empezaron las maniobras tácticas. Los entrenamientos afectaban a la agenda familiar: desayunos y cenas se movían según cuándo necesitara salir.
Al final se ablandó. Vio cómo cambiaba mi cuerpo y aceptó las salidas como parte de nuestra vida. Todos necesitamos una afición. Correr no es la peor que podía haber elegido.
Intenté atraerla a este mundo con un éxito moderado. Corre un poco y le gustan los relojes que ayudan a observar la salud. Correr juntos, en cambio, no nos sale: nuestros ritmos son demasiado distintos. A veces salimos a la misma hora, pero cada uno hace su ruta y su distancia. Lo que sí compartimos estupendamente son las impresiones y los pequeños logros. Eso nos acerca.
No le sacan de quicio mi balda de ropa deportiva, las zapatillas que cuestan como un teléfono ni el cajón de las vitaminas. Se lo agradezco de verdad. He tenido suerte.
Si necesitas argumentos para la negociación doméstica, estos son algunos de los míos:
Hacer deporte es importante. Correr puede ocupar un tiempo parecido al de ir al gimnasio.
Entrenar con regularidad me ayuda a sentirme más sano.
Descubro lugares nuevos a los que luego podemos ir juntos.
Me gusta más mi forma física que cuando mi deporte principal era ver series.
Gasto menos en alcohol, tabaco y otras cosas que no me hacen bien.
Los logros deportivos también se celebran con amigos.
¡Siempre tenemos algo de lo que hablar!
Hay una idea de Nietzsche sobre el matrimonio que me encanta: la conversación. Más allá de los hijos, la casa, el sexo, la felicidad o el patrimonio, poder seguir hablando. Me parece muy fina. Cuidarse es fundamental, pero reducirlo todo al cuidado puede llevarnos a representar papeles de padre e hijo. Conversar supone intercambiar opiniones, aprender, negociar y crecer los dos.
Correr no nos quita conversación. Nos añade un tema casi inagotable.
Ahora mismo ella ve cómo escribo este capítulo. Luego seguro que hablaremos de ello. Del running, de los libros, de los próximos viajes y de lo que hemos conseguido este año.
Mejorar un uno por ciento
El ciclismo británico tuvo suerte cuando Dave Brailsford se puso al frente. No había sido un gran campeón, pero acabó siendo un entrenador célebre. La historia de aquel equipo es conocida: llegó en una época de resultados pobres, cuando hasta a algunos fabricantes les inquietaba asociar su imagen con él.
Brailsford aplicó la idea de las ganancias marginales: acumular pequeñas mejoras. Su planteamiento era sencillo: si mejoras un uno por ciento cada aspecto relacionado con el rendimiento, la suma acaba produciendo un cambio importante.
Lo revisaron todo: alimentación, horarios, descanso, colchones, neumáticos, sillines, productos de masaje. Siempre había un detalle mejorable. Dejaron de aceptar pequeñas incomodidades o errores solo porque parecían insignificantes. Analizaban cada gesto y trataban de pulirlo, aunque fuera ese famoso uno por ciento.
Aquellos pequeños cambios se acumularon y el resultado fue espectacular. Al tercer año del proyecto, los británicos ganaron por primera vez la carrera más prestigiosa: el Tour de Francia. Por primera vez.
No creo que tú o yo vayamos a disputar el Tour dentro de poco. Pero de esa manera de trabajar sí podemos aprender.
También funciona al revés. Una pequeña desviación en un tornillo, una soldadura imprecisa o un error de pocos grados al medir una temperatura pueden acumularse hasta provocar una avería enorme. En un coche, en un teléfono o en un cohete. Los defectos también se suman.
Comer una hamburguesa con patatas en vez de una ensalada una vez no cambia la vida. Saltarte una sesión por unas cervezas tampoco. Repetir durante años decisiones que te alejan de lo que quieres, sí.
¿Quieres perder veinte kilos o terminar un maratón? El resultado de ese gran día será, sobre todo, una larga serie de pequeñas victorias acumuladas. Elegir bien las zapatillas, dormir, variar las sesiones. Todo junto acaba contando.
Cuando empiezas a leer sobre running, la cantidad de consejos marea. Cada corredor, yo incluido, se considera un experto y está dispuesto a compartir lo que sabe. Webs, blogs, entrenadores: todo el mundo opina. ¿Qué consejos funcionan? Es difícil decirlo, pero creo que funcionan todos. O casi todos. He leído mucho y he probado mucho en mis propias carnes. Por lo general, los consejos son obvios o resultan muy útiles.
Imagínate: ¡los consejos funcionan cuando les hacemos caso! El problema es que hay tantos que acabamos sin hacer caso a ninguno.
Zapatillas, técnica, alimentación, variedad, carga, respiración, material… Hay tanto que no sabes por dónde empezar. Quieres arreglar primero lo importante y dejar lo secundario para después. ¿Pero qué es lo más importante?
Todo cuenta. No necesito perfeccionar un aspecto antes de tocar el siguiente. La perfección no va a llegar. Puedo mejorar un poquito cada cosa y seguir. Un uno por ciento aquí, otro allí. Lo decisivo es la continuidad. El efecto se acumula.
Quizá por eso me gustó tanto el reto de los 365 días: pequeñas mejoras diarias. Muchas, muchísimas victorias pequeñas. Pequeñas, sí. Pero cada día. Así llegaron mis grandes cambios personales.
Por eso también merece la pena leer libros de running y buscar ideas que nos ayuden a progresar.
Así que vale la pena escuchar todos los consejos sobre running —bueno, casi todos— y probarlos si pueden aportar siquiera ese uno por ciento. Con el tiempo, el resultado puede ser enorme. O, al menos, enorme para uno mismo.