Correr en invierno
Vivir en Madrid no significa olvidarse del invierno. Las mañanas pueden ser frías de verdad y, en cuanto subes a la sierra de Guadarrama, aparecen la nieve y el hielo. Si quieres seguir corriendo al aire libre, toca aprender a convivir con ellos.
Tengo unas Reebok impermeables con las que puedo meterme en la nieve sin acabar con los pies empapados. Ese año compré también unas Salomon y unas Nike ACG, All Conditions Gear. También impermeables.
Además, me gusta salir por la mañana. En invierno eso significa correr a oscuras y estar pendiente de los charcos helados y de las zonas que todavía no ha calentado el sol. Cuando hay nieve, la atención tiene que ser aún mayor. Uno se acostumbra.
Sobre nieve o hielo no salgo a buscar marcas. Puedo buscar un lugar más cálido o aceptar que ese día toca ir despacio. A mí me vale. Hay tiempo para correr rápido más adelante; en invierno puedo ir construyendo la base para las carreras de primavera.
Salir a una ciudad helada me hace sentir humano, con mayúsculas. Un ser capaz de plantarle cara a la naturaleza. No soy una planta aletargada ni un oso hibernando: puedo decidir qué hacer con el invierno y con el frío. No necesito que salga el sol para sentirme bien. El sol lo llevo dentro. Es el motor que me mueve, el que crea una pequeña isla de calor en ese mundo frío. Y me basta. Me enorgullece lo cabezotas que podemos ser y nuestra capacidad para vivir felices en condiciones tan distintas. Es una prueba de voluntad y resistencia. Me alegra superarla.
En invierno el material importa. Hay que mirar la temperatura y saber cómo reacciona cada uno. Yo recurro a las prendas térmicas, al gorro y, cuando el terreno lo exige, a las zapatillas impermeables. Llevo bragas de cuello Buff. En las salidas más frías por la sierra me cubro también la nariz para templar el aire que respiro. La humedad puede dejar la tela rígida al terminar. Y cuando se forma escarcha en las cejas y las pestañas, la foto sale estupenda.
Cada marca tiene su idea de la ropa de invierno. Algunas ofrecen conjuntos para una temperatura determinada; otras proponen capas que puedes combinar o usar por separado. El sistema de Nike me gusta mucho: una primera capa, prendas de forro polar, chalecos ligeros o más abrigados. Según el frío, combino dos, tres o cuatro capas y voy cómodo.
La cara no suele enfriárseme tanto. La llevamos descubierta casi siempre y está acostumbrada. Lo que más se enfría son las extremidades, donde llega menos sangre. En los días duros, llevar dos pares de guantes no me parece mala idea.
En invierno existe el riesgo de resbalar, caer o torcerse un tobillo. Presto más atención a dónde piso que al ritmo o a la marca. Hasta unas buenas zapatillas pueden patinar. Mi objetivo principal es volver sin lesionarme.
Los grandes corredores también entrenan en terrenos difíciles: barro, caminos pesados, superficies donde cuesta levantar los pies. Trabajan la coordinación y la fuerza de las piernas. Así que, cuando me encuentro nieve o barro, intento ver también esa oportunidad. Cuando toque correr en mejores condiciones, las piernas lo agradecerán.
En definitiva, el invierno es una época perfecta para correr.
A qué hora entrenar
Leí en algún sitio que conviene entrenar a la hora a la que vas a competir. Tiene lógica. La mayoría de mis carreras empezaban por la mañana y, además, a mí me gusta salir antes de desayunar.
Es una maravilla recorrer calles vacías y ver cómo se despierta la ciudad. Hay pocos coches, pocos peatones y no molestas a nadie. Empiezas el día sabiendo que ya has hecho algo. Te quitas una obligación de encima.
Con el calor del verano todo se complica. Pierdes mucho líquido y puedes sufrir un golpe de calor. No he llegado a ese extremo, pero intento salir lo antes posible, antes de que el sol se ponga en mi contra.
Por la tarde suelo estar cansado, así que procuro reservar pocas sesiones para esa hora. Además, me paso el día pensando que aún tengo algo pendiente. Correr a diario se ha convertido en un hábito y, hasta que no salgo, el día parece incompleto. Arrastrar esa sensación durante horas se me hace pesado.
Muchos amigos prefieren justo lo contrario: correr al terminar la jornada, ducharse, ponerse su serie y a dormir. Los entiendo. Por alguna razón, yo también suelo ir más rápido por la tarde que por la mañana. Tiene sus ventajas.
Lo importante, al fin y al cabo, es salir. Por la mañana, al mediodía o por la tarde: cuestión de gustos. Y a veces hay carreras nocturnas. ¡Qué bonitas son!
Entrenar en cinta
En general prefiero correr sobre tierra de verdad, por asfalto o en una pista de atletismo.
Pero hay días especiales. Si no quiero pelearme con la ropa de invierno, el hielo o el mal tiempo, puedo ir al gimnasio y subirme a la cinta. No está tan mal: selecciono la velocidad, pongo música y completo mis kilómetros.
La gran ventaja es que no tengo que vigilar el entorno. No hay semáforos, baches, bordillos, perros ni patinetes. Corro a una velocidad bastante constante y tengo los datos delante. Sé si llevo dos o cuatro kilómetros y cuánto tiempo ha pasado. Puedo parar cuando quiera. Ni siquiera necesito el móvil para registrar la sesión.
Y si pensaba hacer 10 km y me quedo en cinco, que también pasa, no tengo que pedir un taxi para volver a casa. Apago la máquina y me voy al vestuario.
La cinta no sustituye a correr al aire libre, pero para esos días de mal tiempo me parece una buena solución.
Lo que más me gusta es poder cambiar la inclinación. El perfil importa: correr por cuestas no se parece a correr en una superficie completamente llana. A muchos les cuesta muchísimo. Si entrenas siempre en llano y compites en un recorrido con desnivel, irás más lento y te cansarás antes. Aprender a subir forma parte de ser un corredor completo. La inclinación de la cinta permite trabajar precisamente eso.
La música
Después de pasar horas corriendo, uno puede aburrirse un poco. A veces apetece ponerse los auriculares y asomarse a otro mundo.
Escucho música de todo tipo y audiolibros. Estoy suscrito a Apple Music y voy probando sus listas. Algunas vienen hechas, como las de Nike Training; otras las preparo yo. Tengo Fast Run, Slow Run, Marathon List y unas cuantas más.
Fast Run me empuja a dar un poco más. No todas las canciones son rápidas. Pero cuando suena una que me gusta, siento que no puedo decepcionarla y acelero, como si estuviera apoyando al artista. Me vengo arriba y las piernas se comen los kilómetros.
Slow Run es más tranquila. No invita a correr deprisa, sino a mantener la calma y avanzar con una sonrisa. Para una tirada larga a bajas pulsaciones, me viene de maravilla.
Descubrí las listas de éxitos de países y grandes ciudades. ¡Todo un hallazgo! En muchas apenas había música local: casi todo eran éxitos internacionales, sobre todo estadounidenses o europeos. Por suerte, no en todas. Me entusiasmaron las de Bogotá, São Paulo y Lima, y las de Nairobi, Lagos y Ciudad del Cabo. Otros ritmos, sonidos inesperados. Dan ganas de correr. También puedes elegir listas de países enteros.
Es un pequeño viaje sonoro. Eliges un país que te apetece visitar, o recuerdas uno donde ya has estado, y escuchas su música. Las listas de Alemania, Francia o Polonia las ponía menos; me atraían lugares más lejanos, aunque había de todo. Al volver le decía a mi mujer: «Hoy he corrido con música de Colombia, Paraguay, Kenia o Japón». Cambia el ritmo habitual de la vida. También está bien salir del español y del inglés y escuchar canciones en suajili o maratí.
Naturalmente, recomiendo las listas de Kenia. Allí viven algunos de los mejores corredores del mundo. Me gusta pensar que su música tendrá algo que ver con sus marcas. La de Nairobi tiene energía y un ritmo estupendo.
La lista de Botsuana merece un capítulo aparte. Me interesaba ese país del sur de África por su trayectoria desde la independencia: estabilidad, crecimiento económico y una reputación relativamente buena frente a la corrupción. Sentía curiosidad por saber qué escuchaba la gente allí.
En las listas de otros países oyes gustos muy distintos: melodías suaves, canciones enérgicas, rock, pop, tecno. En la de Botsuana me ocurrió algo curioso. Parecía que la había mezclado un solo DJ con un criterio clarísimo. Apenas notaba el paso de una canción a otra. Ya sé que los gustos no son iguales para todo un país, pero aquella lista daba esa impresión. ¡Correr con ella era una delicia!
Así voy escuchando listas de todo el mundo. Cuando encuentro una canción que me gusta, la añado a las mías.
Los audiolibros
Los libros de empresa más densos no me funcionan bien corriendo. No tengo toda la atención disponible: debo vigilar los coches, los baches y el camino para no tropezar. Las ideas complicadas se me escapan. He escuchado sobre todo historias de compañías como Netflix o Goldman Sachs. También El cisne negro, de Nassim Taleb.
La divulgación amena, en cambio, entra estupendamente. Me encantó Darwin en la ciudad, sobre cómo las especies se adaptan al entorno urbano, evolucionan y encuentran nuevos nichos. Perfecto para correr por la ciudad.
También me gustó Armas, gérmenes y acero, que explica por qué ciertas sociedades, principalmente europeas y asiáticas, colonizaron África, América y Australia, y no al revés. He escuchado pódcast literarios, historia y ciencia ficción. Mis descubrimientos personales fueron la saga de Hyperion, de Dan Simmons, y Martin Eden, de Jack London. Escuché toda la obra de Víktor Pelevin y descubrí, maravillado, la ciencia ficción china de Cixin Liu. Aunque correr no me hubiera dado nada más, solo por esto habría merecido la pena.
Con un audiolibro no me sale correr deprisa. Es un acompañamiento para un rodaje tranquilo y constante, y eso está muy bien. A cambio, te abre la cabeza de una forma extraordinaria.
Antes de ver la adaptación de Dune al cine, decidí escuchar la novela. Aquella semana corrí bastante y conseguí terminarla antes de ver la película. Fue una buena decisión: sin el libro habría entendido mucho menos. Así que correr también me ayuda a ver mejor las películas.
El vídeo
Sí, se pueden ver películas y series mientras corres. En la calle no, evidentemente.
En el gimnasio, la cinta ya controla la velocidad y la distancia. Sé cuánto he corrido y cómo, así que el móvil queda libre de sus tareas estadísticas.
Lo coloco en el soporte de la máquina, delante de los ojos, conecto los auriculares y pongo algo en Netflix. Una salida de 8 o 10 km da aproximadamente para un episodio. Así me mantengo al día con las series y hago deporte a la vez.
El entrenamiento en forma de peine
Leí De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami. No es un manual: es literatura autobiográfica llena de historias relacionadas con el running. Aun así, ha contribuido muchísimo a popularizarlo. Murakami cuenta que se enorgullece de ser alguien que no se detiene. Corre toda la distancia, sea cual sea, sin parar. Me parecía muy propio de esa tenacidad que asociamos a Japón. Por cierto, los japoneses son grandes corredores y tienen numerosos récords. Quizá algo tenga que ver esa voluntad de seguir.
Yo no soy así. En una competición puedo intentar no parar; en un entrenamiento, ¿por qué no? Si el cuerpo lo pide, prefiero escucharlo.
Garmin registra la velocidad a cada momento. Puedes consultar el ritmo medio por kilómetro o por milla, pero también ver qué ocurría minuto a minuto. Comparando sesiones con mis amigos, observé que muchos procuraban mantener un ritmo uniforme. Perfecto para ellos. A mí no siempre me encaja.
A menudo, aunque no siempre, corro a ratos. Avanzo a un ritmo cómodo mientras puedo. Cuando noto que pierdo soltura o me falta el aire, camino o me detengo. Recupero la respiración y vuelvo a correr. Así hasta completar la distancia prevista.
En la gráfica de Garmin, las paradas y los arranques se ven perfectamente. Mis amigos dibujan largos tramos estables y alguna bajada de velocidad. Yo dibujo un peine: muchos dientes, con picos separados por caídas casi hasta cero.
Me parece una forma útil de empezar cuando todavía falta entrenamiento. Me permite completar el recorrido. Si lo he pactado conmigo mismo antes de salir, entra dentro del plan. No tengo que reprocharme ninguna debilidad: precisamente había planeado hacerlo así.
Sigo haciendo ejercicio, pero esas pausas me permiten cubrir más distancia, mantener más bajas las pulsaciones medias y guardar fuerzas para los tramos de carrera. El pulso se estabiliza, el cuerpo asimila el esfuerzo y parece decir: «Ya estoy listo. Vamos». Y vuelvo a correr.
Me encantan esos peines. No son series en las que me obligo a cubrir una distancia a gran velocidad. Son pequeños tramos de carrera separados por descansos breves. Muchos en una misma sesión. Una manera de ir entrando en el running.