Una vez, después de una carrera, subí a Facebook una foto con la medalla de finisher. Un poco de postureo, sí. Pero la medalla me la había ganado. Escribí que, si uno leía las instrucciones para preparar un maratón y hacía las cosas bien, al final salían. En los comentarios, mi amigo Dani me preguntó: «¿Qué instrucciones?». Pensé en explicar brevemente cómo aumentar la carga y cómo reducirla antes de competir. Luego me pareció que faltaba algo sobre el kilometraje semanal. Y sobre las zonas de frecuencia cardíaca, que a mí me habían ayudado. Y unas palabras sobre la cadencia… Había leído libros y montones de artículos, había probado cosas y observado qué efecto tenían en mí. Así que decidí contarlo con un poco más de detalle al terminar el año. Quizá le sirviera a alguien. Me salió algo más largo que una publicación.
Estas son mis observaciones personales, mis aciertos y mis errores. No son consejos. A mí me ocurrió así; no sé qué te ocurrirá a ti. Solo espero que te interese leerlo y que tú también aprendas a disfrutar corriendo.
He llamado a este libro Un año correloco. Porque, en algún momento, correr dejó de caber en la casilla de «entrenamientos» y se coló en mis hábitos, mis planes, mis viajes y mis conversaciones. Correr y estar un poco loco: correloco. Este libro cuenta lo que vino después.
Espóiler: lo que me pasó
Mido 180 cm. Hubo una época en que pesaba 89 kg y no podía correr ni un kilómetro sin parar. Mi olor corporal tampoco era precisamente una maravilla.
Después empecé a correr y la cosa mejoró. Bajé a 82 kg, terminé un maratón, sus 42,2 km, en algo menos de cuatro horas y, en general, estaba bastante contento conmigo mismo.
El año en que cumplí 45 me enganché aún más al running. A lo largo de esos doce meses bajé a 72 kg, mi porcentaje de grasa corporal no superaba el 8 % y corrí un maratón en 3 horas y 12 minutos.
Así fue como ocurrió.
Mis primeros kilómetros
Unos años antes, mi amigo Álex y yo habíamos recorrido Estados Unidos. Alquilamos un coche y cruzamos del Atlántico al Pacífico: Washington, Miami, Nueva Orleans, Colorado, Arizona, Las Vegas y, por fin, Los Ángeles. Muchos sueñan con hacer ese viaje. Nosotros lo hicimos. Fue una aventura estupenda. Por la noche tomábamos cervezas en los bares de la zona; por la mañana, Álex salía a correr y después nos pasábamos el día en la carretera.
Le pregunté: «¿Para qué corres?». Me dijo que así veía la ciudad desde otro ángulo. Corriendo ves más que un turista que pasea despacio y más que alguien que atraviesa las avenidas en coche. Ves al repartidor de leche y a los vecinos que van a trabajar. Ves calles peatonales, playas y parques, no solo aparcamientos y monumentos. ¡Ves muchísimo!
Me pareció una buena razón y corrí mis primeros 5 km. Fue junto al lago Powell, con un calor tremendo y un desierto polvoriento alrededor. Me salió fatal. Me dolía todo, iba desesperadamente lento y me faltaba el aire. Lo dejé en el acto.
Pero al volver a Madrid me compré unas Nike, simplemente porque me gustaban sus anuncios. Y, ya que tenía las zapatillas, me descargué Nike Run Club. Poco a poco fui entrando en el asunto. Así me hice corredor y, de paso, hombre Nike.
Durante un tiempo, eso sí, no ocurrió nada demasiado interesante.
Salía de vez en cuando. Llegué a correr una media maratón, luego un maratón y después otro. Mis resultados eran bastante mediocres.