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Septiembre

La preparación para la gran cita y el maratón como punto culminante del año.

25 min · 4.387 palabras

Sexo y running

Una vez encontré, en un libro sobre hablar en público, un capítulo dedicado al sexo en la vida del orador. Venía a decir que practicarlo con regularidad ayudaba a concentrarse y mejoraba el ánimo. Pensé: «Madre mía. Se puede meter el sexo en cualquier libro».

¿Ves por dónde voy?

Muchos pasamos el día sentados. Esa vida sedentaria no hace ningún favor a la circulación, tampoco en la zona pélvica, y puede influir en la función sexual. Correr pone el cuerpo en movimiento. Yo siempre he visto esa mejora de la circulación como otra buena razón para salir. Una ventaja que no suele aparecer en las medallas.

Creo que podemos dar el tema por cerrado sin entrar en más detalles.

Los ochocientos de Yasso

Correr en pista no es precisamente una aventura. Vueltas idénticas sobre un suelo completamente llano. Máxima comodidad, máximo aburrimiento. Hasta el mapa que queda en la aplicación tiene poca gracia.

A cambio, es un buen lugar para comprobar hasta dónde llega tu ritmo en una distancia concreta. Sin cuestas, cruces ni obstáculos, puedes concentrarte en tus cinco, diez o veintiún kilómetros. Si no te aburres antes.

Una pista estándar mide 400 metros por la calle interior. Perfecta para los famosos ochocientos de Yasso, una sesión de series asociada al corredor y divulgador Bart Yasso.

La idea es hacer repeticiones de 800 metros a un ritmo rápido y constante, recuperando al trote entre ellas.

La curiosidad está en la relación entre minutos y horas. El tiempo de cada ochocientos, en minutos y segundos, sirve como una referencia aproximada para un objetivo de maratón en horas y minutos. Si salen en tres minutos y cuarenta segundos, por ejemplo, la referencia sería tres horas y cuarenta minutos. Pero no es una promesa de resultado: hacer dos buenas vueltas a la pista y aguantar 42,2 km son cosas distintas. Entre repeticiones se recupera aproximadamente durante el mismo tiempo que ha durado el tramo rápido.

Se suele empezar con dos o tres repeticiones y aumentar poco a poco hasta llegar a diez, a medida que avanza la preparación. Pero tanto el número de series como el ritmo tienen que encajar con tu forma física y con cómo te encuentras, no con las ganas de conseguir a toda costa una cifra bonita para el maratón.

Me gusta esa sencilla relación entre los minutos en la pista y las horas en el maratón. Pero conviene tomársela como una orientación para entrenar, no como un pronóstico fiable. Unas cuantas series rápidas no te dicen si tendrás resistencia para toda la distancia, cómo te irá con la alimentación, qué tiempo hará o cómo se desarrollará la carrera. No puedes averiguar tu marca de maratón en veinte o treinta minutos: para eso, al final, hay que correrlo.

La sesión es relativamente corta, pero exigente. Me tomo muy en serio el calentamiento: dos o tres kilómetros suaves antes de empezar a correr rápido.

Después, el ritmo de maratón parece bastante más cómodo. Trabajo fuerza y capacidad aeróbica y, de paso, encuentro un motivo para querer un poco más a la pista.

Camisetas de confianza

En muchas carreras, la bolsa del corredor incluye una camiseta. Bonita, vistosa, con el nombre y el dibujo de la prueba. Da gusto guardar ese recuerdo. Y cuando ves a cientos de personas con la misma prenda, sientes que formas parte de una comunidad. Apetece sumarse.

Pero hago una pausa y me pregunto: ¿qué tal será la camiseta? Probablemente se encargó en grandes cantidades y con un presupuesto ajustado. O la aportó un patrocinador que no necesariamente eligió lo mejor de su catálogo.

No quiero descubrir la respuesta durante un maratón. Para competir suelo ponerme una camiseta que he comprado y probado: sé que no me roza, que evacua bien el sudor y que me queda cómoda.

Las de las carreras las colecciono y las uso en entrenamientos. Me encanta cruzarme con alguien que lleva una que reconozco y pensar: «¡Yo también estuve allí, compañero!».

Así que tengo al menos un par de camisetas elegidas por mí y en las que confío al cien por cien.

Los pezones

No es lo primero en lo que piensas al empezar a correr, pero en una tirada larga los pezones pueden rozarse hasta sangrar. La tela pasa una y otra vez por una piel muy fina. Muchos corredores los protegen con esparadrapo para evitarlo.

Tuve una camiseta de fútbol muy agradable al tacto y con un diseño estupendo. No sé cómo lo había conseguido el fabricante, pero hasta los noventa minutos era perfecta. Justo lo que dura un partido. Si seguía corriendo después, empezaba a rozar.

Estrenar una camiseta en una media maratón o una distancia mayor puede acabar con dos regueros de sangre delante. Mejor averiguarlo antes.

Las uñas de los pies

Parece una tontería, pero aprendí esta regla con sangre. Literalmente. Antes de una carrera larga, reviso y corto las uñas de los pies. En una salida corta, una uña larga quizá solo moleste. Después de veintiún kilómetros puede haber abierto la piel y dejado los calcetines manchados.

Si además golpea contra la zapatilla, puede dañarse, romperse o acabar desprendiéndose. Un espectáculo que preferiría ahorrarme.

La víspera de una carrera importante pongo una alarma para acordarme. Las reviso aunque me parezca que no están largas. Cortas, sin aristas y sin pasarme con el corte.

Apuntarse a la gran carrera

Grande no significa necesariamente larga. Puede ser un cinco mil, un diez mil, una media o un maratón. Es grande porque la fecha importa para ti. Hacia ella orientas el entrenamiento, buscando llegar en forma y conseguir una marca que más adelante intentarás mejorar.

Al inscribirte suelen pedir nombre, sexo, edad y una previsión de tiempo. Aquí no conviene pecar de modestia: pon una estimación realista de lo que esperas hacer, siguiendo los criterios de la organización. Tampoco hace falta inventarse una capacidad que no tienes. Ambición, sí; fantasía, la justa.

Los cajones de salida agrupan a los corredores por ritmos. Primero salen los más rápidos y después los demás. Si indicas un tiempo demasiado lento para tu nivel, pasarás los primeros kilómetros atrapado entre gente a la que necesitas adelantar. Ahí se van segundos y minutos que luego duelen. Un 3:59 parece mucho mejor que un 4:01, ¿verdad? Por eso merece la pena acertar con la previsión, sin falsa modestia y sin colarse donde no corresponde.

Si viajo a otra ciudad, intento alojarme cerca de la salida o de la meta. En las carreras fuera de casa, eso forma parte de la preparación del viaje. Puedo quedarme unos minutos más al abrigo y, aunque falle el taxi, llegar andando.

Preparar la gran carrera

Antes de una media o un maratón importante toca descansar. Quedan atrás meses de preparación y cientos de kilómetros. Parece que estoy listo, pero hasta que no corra no lo sabré. En una distancia larga puede pasar de todo. Muchos maratones se celebran en domingo. El mío en Madrid también: todo apuntaba hacia ese domingo de septiembre.

Las últimas semanas son la puesta a punto, con su reducción de carga: lo que muchos corredores llaman tapering.

El error típico es querer recuperar a última hora las sesiones que faltan. Ya es tarde para eso. No toca añadir carga. Prefiero llegar con un poco menos de entrenamiento que gastar fuerzas que necesitaré en la salida.

Si voy a darlo todo y buscar mi mejor marca, necesito llegar recuperado. No puedo entrenar como si nada y presentarme al maratón esperando que el cuerpo haga magia. Esa fecha merece una preparación final distinta.

En las últimas dos semanas predominan las salidas suaves, a bajas pulsaciones, y solo quedan toques rápidos muy breves. Muy breves. Es tiempo para recuperar pequeñas molestias que quizá ni había notado, descargar tensiones y reponer reservas. Si recurro a un masaje, busco relajar, no estrenar un tratamiento agresivo. Quiero llegar con las piernas frescas y el depósito lleno.

Probé varias fórmulas, incluida la de no correr nada durante los últimos días. No fue la que mejor me funcionó.

También probé a reducir el volumen a la mitad de golpe. Tampoco me convenció. Sentí que me adaptaba enseguida a hacer menos, pero no que estuviera acumulando energía. El cambio era demasiado brusco para lo que buscaba.

La mejor puesta a punto que hice tuvo forma de escalera.

El lunes corrí mis diez kilómetros habituales; el martes, ocho; el miércoles, seis; el jueves, cuatro; el viernes, dos; el sábado, uno. El domingo me esperaban 42,2. Una reducción progresiva. Esas fueron mis cifras, no una plantilla universal.

Era el momento en que la cantidad se transformaba en calidad. Bajaban los kilómetros y quería que aparecieran, justo a tiempo, la frescura, la velocidad y la resistencia.

Es una fase tramposa. De pronto parece que estás perdiendo la forma. Yo he tenido esa sensación muchas veces. Lo peor sería salir a comprobarlo a lo loco. Prefiero seguir los instrumentos: el plan previsto, la calma y la confianza. Las sensaciones ya me han engañado antes.

Durante la puesta a punto siempre aparecía alguna duda: algo va mal, voy a correr fatal, he cometido un error. Pero reducir la carga me había funcionado y es una práctica compartida por muchísimos corredores. Tocaba confiar.

Los últimos días

El viernes anterior a una carrera del domingo intento descansar de verdad. Nada de pasarme el día haciendo turismo a pie. Poco estrés y ningún cambio brusco en mis horarios o mi alimentación.

En los días previos doy más protagonismo a los hidratos: avena, arroz, plátanos, pasta. Evito las comidas pesadas y los alimentos que sé que pueden sentarme mal. En mi lista de precauciones entran carnes fritas, huevos en exceso, embutidos, algunos lácteos, marisco y fruta desecada. No quiero pasar el maratón pensando en la digestión más de lo previsto. Perdona el detalle, pero cuenta. También presto especial atención a beber suficiente.

Los maratonianos tenemos rituales curiosos. Uno es fotografiar todo el material extendido: zapatillas, camiseta, dorsal, reloj, geles… Tiene su lógica. Te obliga a pensar qué necesitas y sirve de ensayo general. Y seguir una tradición de la comunidad a la que perteneces también tranquiliza.

Otra tradición estupenda es la pasta party: corredores reunidos alrededor de platos de pasta y otros alimentos ricos en hidratos. Hay que llenar la despensa.

Y corta las uñas de los pies. Por favor.

Mi regla de oro: nada nuevo el día del maratón. Las zapatillas tienen que estar probadas por mí. Incluso las caras que reservo para competir pasan antes por unas cuantas salidas. Lo mismo con calcetines, mallas y prendas de compresión. Quiero saber que la talla es correcta y que nada roza. Ya habrá suficientes sorpresas en la carrera.

Esto es lo que reviso antes de salir:

Zapatillas de running en las que confío.

Camiseta o top probado, sin rozaduras.

Pantalón corto o mallas.

Ropa interior que ya he utilizado en tiradas largas.

Calcetines de running, de compresión si son los habituales.

Medias o pantorrilleras de compresión, si voy a usarlas.

Teléfono y auriculares.

Reloj deportivo o pulsera de actividad.

Cinturón de running.

Geles, bebida isotónica o barrita; y la gorra, cinta o pañuelo que suelo llevar. En mi caso, muchas veces es un gorro.

Gafas de sol deportivas si el tiempo las pide.

Poncho si se anuncia lluvia.

Documento de identidad y bolsa del corredor con el dorsal.

Ropa seca para después de la meta.

Calzado holgado para descansar los pies.

Bolsa para dejar la ropa en el guardarropa.

Uno o dos días antes suele tocar recoger el dorsal y la bolsa del corredor. Aprovecho para localizar el guardarropa, los accesos y los baños. A veces hay varios grupos de aseos y uno está mucho menos concurrido. También calculo cómo llegaré al día siguiente, teniendo en cuenta que muchas calles estarán cortadas.

La tarde anterior es para sofá, lectura, películas y poco más. Descansar. Me acuesto pronto, aunque ya sé que dormir perfectamente será difícil. Por seguro que me sienta, siempre hay nervios. Si la calidad del sueño falla, al menos quiero haber reservado suficientes horas.

Desde el sofá repaso el recorrido. Qué edificios veré y en qué kilómetro. Me fijo sobre todo en el perfil, las subidas, las bajadas, las curvas, los puentes y los avituallamientos. Pienso dónde convendrá guardar fuerzas y dónde podré soltarlas. Haber mirado el mapa me ayuda a repartir el esfuerzo.

También decido la música o dejo preparado el metrónomo.

Recorro la carrera en mi cabeza: cinco, ocho, diez, dieciséis, veintiuno, cuarenta kilómetros. Me imagino pasando por ellos con soltura. Una buena imagen para llevarse a la cama.

El día de la carrera

Pongo dos alarmas separadas por cinco minutos. No quiero depender de mi reloj interior si me he dormido tarde. Quedarte dormido el día para el que llevas medio año preparándote: la pesadilla del maratoniano.

Desayuno unas dos horas antes, con protagonismo de los hidratos y cosas que ya conozco: avena, arroz o pasta, un plátano y té dulce. Nada de experimentos de última hora.

Compruebo la batería del teléfono y de los auriculares. Hasta entregar la bolsa en el guardarropa, el móvil sigue conectado a la batería externa. Es una costumbre mía que me deja tranquilo.

No me pongo capas de más. Cuanto más rápido corro, más calor genero. Una chaqueta sobrante puede ser peor que unos minutos de fresco. Y no quiero quitarme a mitad de carrera la prenda donde llevo el dorsal. Para esperar en la salida prefiero un poncho o una capa que pueda retirar antes de empezar, en el lugar previsto para ello.

Tampoco me gusta llegar con horas de sobra para pasar frío y ponerme nervioso. Mi referencia suele ser entre una hora y una hora y media antes, siempre ajustándome a los accesos y horarios de la organización. Después de cambiarme, quiero tener unos treinta o cuarenta minutos para prepararme.

Hago una puesta en marcha cuidadosa: movilidad, algún pequeño salto y progresiones cortas de veinte a cincuenta metros. También me pongo en la cola del baño. Perder minutos por eso durante la carrera da bastante rabia.

En pruebas con varias oleadas, un retraso pequeño a veces permite salir con un cajón posterior, si las normas lo admiten. No lo doy por hecho, pero saber cómo funciona la salida me evita dramatizar cada minuto en la cola. Y si consigo hacerlo todo a tiempo, mucho mejor.

Es probable que encuentre conocidos. No es momento de una charla larga ni de romper su concentración o la mía. Un «¡que vaya bien!» y a seguir preparándose.

Maratón

Maratón es una localidad de la región griega de Ática. Cuando leí sobre ella, me quedé con la cifra de unos siete mil habitantes: los maratonianos de verdad. Los que nos llamamos así por correr somos millones. Yo también me cuento entre ellos.

Quizá el nombre de ese pueblo se pronuncie por el mundo más veces que Atenas. Por culpa nuestra. Para alguien que hace del running su afición, el maratón es una gran ilusión, un logro y una distancia que merece respeto.

Desde que empecé a correr quise visitar Maratón, y lo conseguí. Íbamos con amigos por carreteras entre colinas, ríos y arboledas. Yo pensaba que por allí habría pasado aquel mensajero griego con la noticia de la victoria sobre los persas. Esperaba encontrar un símbolo del espíritu de los corredores. No fue así. Vi una localidad junto al mar, restaurantes griegos y una estatua de un guerrero que recordaba la batalla. Un monumento a la victoria militar, más que a la carrera que nos inspira.

La leyenda que nos contamos los corredores habla de Filípides. En el año 490 a. C., después de la victoria griega, habría corrido hasta Atenas para anunciarla. Sin detenerse. Me lo imagino con el pulso demasiado alto, sin avituallamientos y muerto de sed. Llegó, anunció la victoria y cayó sin vida. Es una historia triste, transmitida mucho después de los hechos y rodeada de dudas históricas. Pero qué resistente ha resultado.

Cuando Pierre de Coubertin impulsó los Juegos Olímpicos modernos de 1896, se incorporó una carrera inspirada en aquel relato. Los Juegos se celebraron en Atenas y la prueba recorrió el camino desde Maratón, en lugar de quedarse dentro de un estadio. Ganó el griego Spiridon Louis en unas 2 horas y 58 minutos. Entonces eran aproximadamente 40 km.

En las primeras ediciones olímpicas, la distancia cambió: de unos 40 a 42,75 km. El trazado se adaptaba al lugar y a la llegada al estadio. El maratón fue ganando ese aire de gran cierre que todavía asociamos al programa atlético.

Los 42,195 km aparecieron en Londres 1908. El recorrido salió de Windsor y terminó frente al palco real en el estadio; los ajustes dejaron aquella cifra tan poco redonda. En los Juegos siguientes volvió a cambiar, hasta que en 1921 la federación internacional fijó la distancia que conocemos: 42 kilómetros y 195 metros.

Desde entonces, el mundo se ha llenado de maratones y medias. Cientos cada año. Quizá tú acabes en la salida de alguno. Eso espero.

La serie Abbott World Marathon Majors reúne ya ocho maratones: Tokio, Londres, Boston, Chicago, Nueva York, Berlín, Sídney y Ciudad del Cabo. El primer maratón de Ciudad del Cabo con ese estatus está anunciado para 2027. Correrlos todos es un sueño para muchísimos corredores. La Six Star Medal, en cambio, sigue premiando a quienes completan los seis originales: Tokio, Londres, Boston, Chicago, Nueva York y Berlín. La serie ha crecido, pero las condiciones de esa medalla siguen siendo las mismas. Para mí, Berlín tenía un brillo especial: algún día quería viajar allí y vivir aquella carrera.

La estrategia de carrera

La víspera ya no queda tiempo para entrenar, pero sí para pensar. Conviene decidir cómo voy a afrontar esa media o ese maratón para el que llevo tanto tiempo trabajando.

Muchos principiantes seguimos una lógica parecida: salgo rápido, gano tiempo al principio y luego ya llegaré como pueda. El problema es que gastamos demasiado pronto. Hacia la mitad, un poco antes o después, aparece el muro y avanzar se vuelve durísimo. En los últimos kilómetros nos preguntamos para qué nos hemos metido en esto. Corremos por cabezonería, caminamos a ratos y perdemos mucho más tiempo del que habíamos «ahorrado».

Una mala estrategia. Mejor dicho: una de las peores. Por supuesto, fue la que utilicé en mis primeros maratones. Leer que a muchos les pasaba lo mismo me dio un pequeño consuelo. Al menos no era un genio solitario del desastre.

Una opción más prometedora es correr de menos a más: el famoso parcial negativo o negative split. Empezar algo más despacio e ir acelerando, de manera que la segunda mitad salga más rápida que la primera. Es una estrategia habitual en grandes actuaciones. Para un principiante, llevarla a la práctica cuesta muchísimo.

Si ya has terminado alguna carrera arrastrando las piernas, impulsado únicamente por la voluntad, cuesta creer que eso sea posible. Parece inevitable que la segunda mitad sea peor. Pero se puede acelerar al final. Los profesionales lo hacen; los aficionados también podemos aprender.

Una aproximación es dividir el recorrido en tres. Primero, algo por debajo del ritmo objetivo, aprovechando que aún hay aglomeración. Después, alcanzar ese ritmo mientras adelantas a quienes se han precipitado. En el último tercio, acelerar si queda energía o sostener el paso si no. Es una solución de compromiso, un poco a medio camino. Naturalmente, yo tenía que probarla.

El consejo que más me sirvió fue salir un poco más despacio de lo que creía capaz de mantener e ir aumentando gradualmente. Además, encaja con lo que ocurre en muchas carreras: la multitud no deja correr libremente al principio y se va abriendo después. No pasa nada. Tras probar distintas fórmulas, comprobé que a mí me funcionaba.

Para bajar de cuatro horas, necesito rondar 5:41 min/km de media, algo menos si quiero margen. Hay mucha distancia para recuperar unos segundos sin quemarme al principio. Si disparo el pulso, desordeno la respiración y castigo las piernas demasiado pronto, no se recuperarán antes de la meta. Prefiero que entren en calor, encuentren el ritmo y me permitan acelerar poco a poco. Ver cómo mejora la media en el reloj anima. Verla empeorar puede hundirme: siento que el objetivo se aleja, y quizá sea verdad. Para no llegar a ese punto, escucho al cuerpo y divido el recorrido en referencias pequeñas. Cuarenta y dos, redondeando, es un número muy útil: se divide entre dos, tres y varias fracciones fáciles de imaginar.

Sin complicarlo demasiado.

Por ejemplo:

Los primeros 4 km son aproximadamente un 10 % del recorrido. Todavía resulta fácil.

Pero sé que queda repetir algo parecido otras nueve veces.

En el km 6 llevo cerca del 15 %. Ya es una vez y media mi primera referencia.

Diez kilómetros son casi una cuarta parte.

Quedan otros tres tramos parecidos y un pequeño añadido.

En el km 14 he hecho un tercio. Bien. Puedo empezar a ajustar el ritmo.

En el 21 cruzo el ecuador. ¡La mitad! Hasta aquí es una distancia conocida de los entrenamientos; lo difícil viene después. En el 28 llevo dos tercios y puedo comprobar qué queda en las piernas. En el 40 casi está hecho: toca gastar lo que haya reservado.

Aunque tenga sus compromisos, a mí me gusta pensar en tres partes. En la primera me obligo a ir tranquilo, vigilo el pulso y disfruto de que todavía sea fácil. En la segunda empiezo a temer que no me alcance el tiempo y acelero. En la tercera siento de verdad que llego tarde y tengo que apretar. Una urgencia muy reconocible, como correr de joven para no perder el autobús.

Me gusta competir. A veces quiero adelantar al que llevo delante por puro pique. Pero no estamos disputándonos el podio. Mi rival útil es mi marca anterior. Intento integrarme en el flujo y dejar que el cuerpo haga aquello para lo que lo he preparado durante meses.

Los pequeños dramas llegan al final: no puedes más, echas a andar y te sientes como si te hubieras traicionado. O ves a alguien abandonar. O te estrellas contra el muro.

Por eso preparo una estrategia, aunque sea mental. También puedo escribir los tiempos de paso en una tira de papel y llevarla en la muñeca. Mejor eso que hacer cuentas de tres cifras cuando la cabeza ya no está para convertir kilómetros en minutos.

Y si es tu primera media o tu primer maratón, tienes una ventaja maravillosa: cualquier llegada será una marca personal. Lo importante es completar el recorrido. No pongas el listón tan alto que no te deje disfrutar. Dale algo de margen a tu yo del futuro; seguro que el año que viene querrá mejorarlo.

En qué pensar mientras corres

Cuando aprendía a conducir, me parecía imposible atender a tantas cosas a la vez: acelerador, embrague, freno, marchas, velocidad, señales, coches delante y al lado, marcas viales, temperatura del motor, combustible, intermitentes, limpiaparabrisas… Después todo empezó a encajar. Hasta podía cambiar la música, hablar con los pasajeros y fijarme en quién iba en el coche de al lado.

El cerebro se adapta de una manera asombrosa. Aprende a repartir la atención.

En una carrera ocurre algo parecido. Vigilo el ritmo, el pulso, el perfil y las curvas. Cuánto llevo, cuánto falta y dónde está el siguiente avituallamiento. La cadencia, la pisada, el braceo, la respiración y las liebres. Pero, al cabo de un rato, también escucho la música, veo a las corredoras que adelanto o que me adelantan, me río con algún disfraz y admiro los edificios. Incluso pienso en lo que me espera mañana en el trabajo o en qué sesión debería añadir para correr mejor la próxima vez. Todo se vuelve bastante natural, como conducir.

Me gusta observar a quienes van alrededor. Los de élite están lejos, aunque a veces los veo venir de frente si el trazado da una vuelta. Qué bien corren. Los que me rodean suelen tener un nivel parecido al mío. Miro su táctica y sus movimientos: una cabeza que oscila demasiado, un apoyo poco limpio, unos brazos que se cruzan. Al detectarlo en otro, reviso si también lo hago yo. En una distancia larga, cada movimiento sobrante cuesta. Si empiezo a descomponerme, sé que llegan el cansancio y los gestos torpes. «¡Venga, espabila!», me digo, y vuelvo a concentrarme.

Otras cosas prefiero dejarlas decididas antes: cómo voy a utilizar los avituallamientos, qué voy a beber y cuándo, sin esperar a estar desesperado de sed. O si seguiré mi propio ritmo o me uniré a una liebre. Menos decisiones durante la carrera, menos energía gastada en dudas.

Hay una situación en la que no quiero negociar conmigo mismo: si me encuentro mal, paro y pido ayuda. No estamos defendiendo el honor de la patria. Somos aficionados. Nos hemos metido en esto para disfrutar, aunque a veces lo olvidemos. Ningún récord personal merece jugarse la salud. En demasiadas carreras se ve una ambulancia atendiendo a alguien que calculó mal sus fuerzas. Si me encuentro mal, no hay debate.

Un juego que me ayuda es contar lo que queda, no lo que llevo. La aplicación anuncia: «Veinticinco kilómetros». Y la cabeza responde: «¡Qué barbaridad!». Luego llegan treinta y pienso que estoy muerto, agotado de tanto camino.

Prefiero darle la vuelta: solo quedan diez, una cuarta parte. He corrido muchísimas decenas. Después quedan tres: doce o quince minutos y podré parar, comer un plátano, hacerme una foto y sonreír. Aguanta. Si aprietas un poco, acabarás antes.

Otra idea me hace gracia y me sostiene. Si tardo cuatro horas o más, son cuatro horas de esfuerzo, dudas, dolor y tensión. Los campeones solo corren dos y pico. ¡Lo tienen más fácil! Tienen que concentrarse durante menos tiempo y llegan antes a las bebidas y a las fotos. Un par de horas y ya está la meta. Visto así, conviene ir más rápido: termina antes el sufrimiento y conozco antes mi resultado. Dos horas son mejores que cuatro.

Cruzo la meta y puedo afirmarlo: hay vida después de los 42,2 km. Estoy aquí, vivo, convertido en un maratoniano de verdad. Hoy no hay dudas. Formo parte de una comunidad repartida por todos los continentes. He dejado atrás meses de incertidumbre, madrugones, músculos doloridos y uñas castigadas. La medalla es una recompensa muy real, sea cual sea el tiempo que marque el reloj.