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Julio

Prepararse para la distancia, respirar, encontrar el equilibrio y descubrir el propio cuerpo.

9 min · 1.535 palabras

Cómo saber si estoy preparado

Creo que el cuerpo tiene más margen del que imaginamos. Una persona sana, que no esté enferma ni arrastre una lesión reciente, probablemente podría cubrir los 21,1 km de una media maratón incluso hoy. No necesariamente corriendo todo el rato, claro. Tardaría mucho, lo pasaría mal y caminaría una buena parte. Sería más bien una excursión larga con tramos al trote. Pero esa distancia entra dentro de nuestras posibilidades humanas. Tenemos reservas que no sospechamos.

Otra cosa es cuánto tardaríamos. Sin preparación, no me parece buena idea lanzarse a comprobarlo: el resultado difícilmente será agradable. Mejor dedicar tres o cuatro meses, o más, a entrenar. La regularidad enseña pronto dónde están los límites cómodos de ritmo y distancia. Para mí, poder sostener semanas de 40 km o más era una buena referencia de preparación para una media. Y la marca guardaba relación con ese kilometraje: a mayor base semanal, menos tiempo para completar el recorrido.

Con el maratón pensaba algo parecido. Haber terminado una media me hacía creer que podía llegar a completar también los 42 km. La pregunta seguía siendo cuánto tardaría, y eso solo lo descubriría preparándome y probando. En cualquier caso, el primer maratón, con la marca que fuera, sería un logro y mi primer récord personal en una distancia que impone respeto.

Como primeras metas me parecían razonables bajar de 2 horas y 30 minutos en la media y de 4 horas y 30 en el maratón, con una base superior a 40 km semanales. Después vendrían las dos horas y las cuatro, respectivamente, acercándome a más de 60 km semanales. A partir de ahí, mandan las ambiciones de cada uno.

La respiración

De joven leí sobre unos corredores tibetanos capaces de cosas asombrosas.

El libro contaba que los monjes que practicaban tummo podían secar sábanas mojadas con el calor de su cuerpo, en pleno frío de alta montaña. Mediante mantras y concentración, «encendían el fuego interior». Incluso competían por secar más sábanas durante una noche helada. Las mojaban en agua de un agujero abierto en el hielo y envolvían con ellas al monje, que seguía meditando. Según aquel relato, podían secar entre tres y veintiuna en una noche.

También aparecían los lung-gom-pa, caminantes tibetanos capaces de recorrer grandes distancias por la montaña a velocidades increíbles. La información era fragmentaria y había pocas certezas. Los europeos los habían visto en contadas ocasiones y sus descripciones eran bastante superficiales.

Según lo que se contaba, se preparaban mediante concentración y mantras que murmuraban durante sus recorridos. De día fijaban la mirada en un objeto lejano y avanzaban hacia él sin distraerse, pasara lo que pasara. Esa atención los llevaba a una especie de trance y el movimiento continuaba casi mecánicamente.

Los mantras son secuencias de sonidos, sílabas, palabras o grupos de palabras, a menudo en sánscrito, con una resonancia particular para quien los repite. Yo me quedé con una idea muy práctica: también imponen un ritmo a la respiración.

Corriendo me ayuda repetir mentalmente alguna frase para conservar el compás. No tiene que significar nada extraordinario. Lo que me interesa es la regularidad que le da a la respiración.

No tengo una fórmula mágica para todo. A veces me digo «se-so». Un mantra conocido es «so-ham»: «so» al inspirar, «ham» al espirar. También están «ham-sa» y otros. Pero, para marcar el ritmo, yo podría ir repitiéndome «bo-ca-di-llo». No hace falta ponerse solemne.

La sensación de distancia

La idea de lo que es una carga normal cambia con la preparación. Al principio simplemente distingues los días en que has corrido de los que no. Cinco kilómetros parecen mucho y tres, menos. A mí me pasó exactamente eso.

Recuerdo muy bien uno de esos saltos. Mi mujer y yo estábamos de vacaciones en el Pirineo y yo corría junto a un río, entre pinos y montañas. El agua sonaba al lado del camino; parecía un paisaje de Gravity Falls. Cada mañana quería llegar un poco más lejos para descubrir la siguiente curva. Podía hacer 10 km y pasar el resto del día como si no hubiera entrenado. Nada de cansancio. Pero con 11 o 12 las piernas se hacían notar y me acompañaba una ligera fatiga. Al día siguiente, diez otra vez, y volvía la sensación de un día cualquiera. Era mediados de julio y rondaba los 80 km semanales, a veces algo más. Una frontera finísima entre diez y once kilómetros.

Me parece importante conocer ese punto: hasta dónde el entrenamiento apenas deja rastro y a partir de dónde empieza a pesar. Con la práctica se va desplazando hacia distancias cada vez mayores.

También funciona al revés. Si reduzco mucho los entrenamientos, vuelvo a notar el esfuerzo en recorridos más cortos.

El equilibrio

Debajo de la lengua y de la mandíbula tenemos un pequeño hueso con forma de herradura: el hioides. Está suspendido en un sistema de músculos y es nuestro giroscopio natural. Para un corredor, eso lo convierte en una pieza importante.

De dónde se sujeta ese hueso depende la facilidad con la que respiramos, la energía de la que disponemos y cómo repartimos la carga. Para nosotros, la pregunta decisiva es si avanzamos instintivamente en línea recta o si un desajuste de ese giroscopio nos lleva hacia un lado, hacia delante o hacia atrás. Al desplazarse el hioides, pueden moverse ligeramente las vértebras cervicales, los hombros y el esófago. El equilibrio se altera. Otros músculos tienen que compensarlo, los brazos se mueven mal y el cansancio llega antes.

Prueba a cerrar los ojos de verdad, sin hacer trampas. Extiende los brazos al frente y eleva las rodillas alternativamente hacia las manos, con energía. Hazlo entre treinta y cincuenta veces y abre los ojos. ¿Sigues exactamente en el mismo sitio? Estupendo: tu giroscopio está perfectamente ajustado. Lo más probable es que te hayas desplazado por la habitación o incluso hayas llegado hasta una pared. Eso indica que el hioides está algo desplazado y el equilibrio se ha alterado.

Durante ese pequeño ejercicio has gastado parte de tu energía en movimientos que no buscabas. Un pequeño fallo de equilibrio no importa demasiado en una habitación cómoda o en una distancia corta. En un bosque o en campo abierto, sin embargo, puede desviarte y complicarte la orientación. Cuando corres, el cuerpo tiene que corregir ese pequeño defecto kilómetro tras kilómetro. Y así pierdes una energía valiosa que podrías ahorrar.

Por eso voy de vez en cuando a un masajista que trabaja con kinesiología: busca equilibrar las tensiones del cuerpo y corregir sus desajustes. Algo se carga demasiado, cambia la postura, la pisada se vuelve un poco asimétrica y los pies empiezan a girarse hacia dentro al correr. Después de veinte kilómetros, lo notas.

Trabajando con los reflejos, el terapeuta actúa sobre los músculos de las piernas, el tronco y la espalda, incluso sobre los que se sujetan al hioides. Así puede devolver el equilibrio al cuerpo y corregir alteraciones físicas o emocionales, entre otras cosas. Es una puesta a punto que ayuda a mejorar los resultados. Y también puede mejorar la calidad de vida.

Yoga y running

Tengo 45 años y ninguna gana de lesionarme. Cuando corres mucho, esa posibilidad existe. No soy especialmente propenso, pero quiero cuidarme.

De joven practiqué wushu y taekwondo. Había muchas rutinas de estiramiento y, aunque dejé las artes marciales, seguí haciendo algunos ejercicios. Por eso aún soy bastante flexible y puedo adoptar buena parte de las posturas de yoga.

Después de correr fuerte noto los músculos tensos, a veces temblorosos o agarrotados. Había oído que estirar podía ayudar, así que lo incorporé a mi rutina. Normalmente por la noche, antes de acostarme; otras veces después de entrenar. Trabajo la parte posterior de los muslos, las aperturas de piernas y otros movimientos que conozco desde hace años.

No sé a los demás, pero a mí también se me cargan la espalda y los brazos en las tiradas largas. Estirar la espalda es uno de mis pequeños placeres.

Probé varias aplicaciones de yoga y acabé quedándome con una que tenía una buena biblioteca de clases guiadas. Curiosamente, la patrocinaba una marca de queso fresco. Una combinación inesperada, pero las clases me gustaban muchísimo.

Lo que me atrae del yoga es su espíritu poco competitivo. No pienso en clasificaciones ni en vencer a otros. Pienso en prestar atención al cuerpo y a la cabeza, y en estar un poco mejor. Si sale algo que antes costaba, lo disfruto y sigo. Si no sale, sigo también. La idea no es derrotarme, sino mejorar.

El running aficionado debería tener bastante de eso. Es poco probable que acabemos siendo campeones del mundo o de España. En realidad competimos con nosotros mismos. Si conseguimos algo importante, lo celebramos y buscamos otro objetivo. Si no, continuamos sin amargarnos por una derrota imaginaria. Se trata de mejorar, no de vivir pendientes del récord.

Yoga y running son un poco como el yin y el yang. Dentro de uno hay algo del otro. En una buena sesión de yoga y en una buena carrera puedo encontrar la misma concentración: dejar de pelearme con el mundo, sentir cada movimiento y notar cómo los músculos trabajan con fluidez. En ese punto de armonía, se parecen muchísimo.